Alabardas | José Saramago, 2014

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Lo de menos en el último libro –literalmente– de José Saramago (1922-2010) es su trama. Que cree, como otras tantas veces, a un ser humano único, a base de palabras, con el exclusivo cemento de su portugués mesurado, digno, cristalino. Que ese ser transcurra durante uno, dos, tres capítulos llamándose –en minúsculas– artur paz semedo, cenando con la persona que tanto quería, telefoneando, yendo a trabajar a una fábrica de municiones.

Lo de menos es la enseña pacifista que una vez más –la coherencia como norma ética- enarbola el bueno de José, preocupándose, o mejor ocupándose de analizar en uno, dos, tres capítulos, de hacernos evidente, palmario, el oculto pantano de las armas fabricadas, de las balas prestadas a tal y a cual a cambio de la sangre y de la vida.

Lo de menos es que intente mostrarnos, en apenas tres capítulos, la incertidumbre que es la raíz de toda persona: actuar o no actuar –como humanamente temer o protegerse egoístamente de lo que se teme en el Ensayo sobre la ceguera; como ser o ser otro en El hombre duplicado; como vivir o simplemente trasegar por la vida en Todos los nombres

Lo de menos es que en tres, dos, uno nos sumerjamos en ese mundo tan peculiar de Saramago, amueblado de un Kafka con saudade, habitado de un Borges con corazón. Que de paso hasta nos enteremos de las películas que desfilaban por su mente

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Que, encima, Günter Grass se encargue de empapelarnos con frescos de inspiración quijotesca, como un Doré descarnado y brutal, las habitaciones de nuestra lectura. Que un lúcido Fernando Gómez Aguilera y un valiente Roberto Saviano –muy personal reseña la suya– nos pongan tupidas alfombrillas para que no pisemos el mármol de la muestra, del manuscrito hallado y perfectamente vertido (como siempre) por su Pilar del Río, amablemente acompañado por las notas de un hombre que escribía.

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Lo de más no es la trama. Lo de más es la urdimbre de la vida trazada por el ingenio con la vida que las horas –el destino o sus células– van trazando, sin más ingenio que la muerte. Lo de más es que en un solo párrafo, al final de la esquina de uno, dos, tres capítulos, Saramago se nos fue. Nos dejó, sí, un hermoso armazón, donde seguir soñando a ratos con la paz y con lo honesto. Pero se fue. Y ese silencio, esa hoz de palabras que no se dicen, ese reguero de blancos que debemos remendar con nuestra memoria y nuestro sentimiento, con nuestras nuevas lecturas de Saramago, es ahora –lector huérfano sobre todo– lo que más me pesa.

 

Nota práctica: Las novelas de Saramago han sido editadas prácticamente en su totalidad por Alfaguara, en sus distintas colecciones, incluidas las de cubiertas blandas y precios más reducidos. Estas últimas frecuentan cada vez más las ferias del libro antiguo.  Si se tiene en cuenta que alguno de estos libros se editaron a principios de siglo, leer a precios baratos libros relativamente nuevos es (para nuestra fortuna) cada vez más fácil. Adelante.

 

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