Still life  (Nunca es demasiado tarde) | Uberto Pasolini, 2013

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Había una vez una película de un hombre que hizo, foto a foto, una película de la vida de los otros. Un ser que descubrió en la humanidad –eso que va dejando una estela de mondas, colillas y latas de conservas– el secreto de la propia existencia, e hizo de la suma de los días ajenos el hondón de la suya, lo que dio sentido a sus pasos.

Y había un director de cine que supo dotar a un fondo kenloachniano del alma más contemplativa del cine europeo, de una mirada que se desgasta en los quicios cenicientos de las calles recién llovidas del Reino Unido, que se arrastra por encima de un escenario  donde un álbum de recortes o un mugroso elepé son mandamientos para el sentimiento, a lo mejor para la emoción de perdurar donde los otros tuvieron que caer y así recrear –durante un instante de memoria– el tiempo sagrado de toda una vida.

Este Pasolini se ha revelado –y relevado– como el Melville aquel que postulaba los buzones de las cartas perdidas, sin destinatarios, como silos de tristeza, como humedales de melancolía donde las horas vividas se declaran meras palomas atolondradas, de aletear confundido en la espesura del asfalto. Me sabe más a eso que a una Amélie  demasiado reparadora de entuertos sentimentales, por el mero gusto de una alegría aparejada, bicicletante. El personaje John May (paradójico el nombre) que incorpora con afortunada rigidez expresiva –que no tiene cosa alguna que ver con la cara de palo habitual en estos casos– Eddie Marsan es sincero porque, básicamente, no espera nada, ni personal ni apenas colectivo. Si acaso sólo esa húmeda, envahecida dignidad que deja la respiración cuando es la propia y el espejo sólo acompaña al rostro, no lo envanece con sombras alargadas o reflejos ajenos. John May es John May, el hombre y sus cercanísimas personas, hasta el mismo final, y ese es todo su empleo, su humilde y casi rezada ocupación.

Me quedo también por digna y humilde con la fotografía acogedora –aun en las aristas más duras–, decididamente bodegonesca, de Stefano Falivene y la música (como un musitar robado al silencio y la desolación) de Rachel Portman.

No destriparé el final –con algún guiño del Spielberg de Schindler–, fundamentalmente porque lo que menos llega cuando va extinguiéndose la cinta es tripa. Queda espíritu, verdad o su más auténtico sucedáneo propagado por encima de los árboles y las erizadas lomas de lo etéreo, y por eso eterno. De lo que ya no puede morir.

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