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19 de febrero | Gabriele Münter, 1877 – 1962

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Gabriele Münter viene a estas calendas artísticas, sin dudarlo, por su doble condición: de artista y de salvadora (literalmente) de obras artísticas. Como pintora, se baña en las aguas de un expresionismo munchiano (también Munch figurará este año en el calendario, cerrando el ciclo anual), pero envuelta en las prendas de la tranquilidad y una como herencia de los Monet y Cézanne, con colores más rotundos, como queriendo expresarlo todo precisamente con ellos.

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Como heroína conservadora (de obras que hoy descansan felizmente en los museos), se embarcó en guardar (esconder, en tiempos de guerra y destrucción) personalmente casi una centena de obras, principalmente de miembros de un activo grupo expresionista centroeuropeo, Der Blaue Reiter (El jinete azul, precioso nombre para un colectivo), algunas de ellas de su apreciado –también nuestro– Kandinski. Los procedimientos para tal acción cabe suponerlos totalmente descabellados, aunque no son tan suficientemente narrados como otras gestas coetáneas (de un viejo documental, creo que del benéfico canal francés Arte, sí extraje la idea que late en el contema –anticipatorio de una nueva serie– que incluyo justo al final de esta entrada).

Fue muy feliz la vuelta a las paredes de todas estas pinturas salvadas, en un bello edificio de Norman Foster, reaperturado en 2013, que es hoy día la Lenbachhaus, uno de los santuarios expresionistas –un escalofrío recorre el alma al recorrerlo y pensar que casi el noventa por ciento de sus pinturas podría haber sido basura de guerra, sumada al horror de los cadáveres y la muerte moral que es toda batalla y todo genocidio.

Gabriele que, como artista y pintora –además de principios del siglo pasado–, corrió en cierto modo la suerte de una Séraphine de Senlis (es decir: tuvo que pintar dos veces más para ser reconocida), aporta al movimiento expresionista algo que ya empieza a ser visionado. A veces son pequeños detalles de nuestro ahora, como el que el omnipresente Google le dedicara uno de sus tatuajes celebratorios, un doodle, donde figura además, en el modo relajado en que gustaban a la pintora, una pareja de compañeros artistas, Jawlensky y Werefkin –acaso uno de los cuadros más celebrados y armónicos de Münter.

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Aquí, algunos de los artistas cuyos lienzos salvó Gabriele Münter, ya permanentemente homenajeados junto a los suyos:

kandinsky3Vasili Kandinski, o cómo el color es vida

 

600MariannevonWerefkin-2CountryRoad_zpsfafd4e7bMarianne von Werefkin, caminando hacia El grito

 

2a07771f05804fa526d0f6a4cf71c2deDe Alekséi Jawlensky, el hombre recostado que retrató Münter

 

Y aquí todo un recorrido con la calma que su obra merece, mecido por la música de Hindemith:

 

Nota contemática: Hará unos veinte años, con muy pocos cuadros vistos, pude visionar un documental donde se hablaba de la especial relación del poder genocida con el arte, aquí entiéndase en su significado más económico. Me llamó la atención un daguerrotipo de la pintora Gabriele Münter, y como después su nombre era atribuido a la salvación de una galería de decenas de cuadros, casi una centena de pinturas que ya admiraba. Hace poco imaginé, siempre impresionado (o expresionado, cabría decir, en homenaje a estos pintores) por este acto, posibles salvaciones particulares, a lo mejor románticas, a lo mejor reales. Este contema, que encabeza y anuncia la nueva serie, expresa una de ellas (es una imagen que, si se pulsa dos veces, crece -al menos en su visualización): 

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