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4 de abril | Aki Kaurismäki, 1957 –

abril2015

 

Para Ofelia, mi tríada

 

Antes de la publicidad y la venta por catálogo (con su atosigante bueno, bonito y barato), estaban Platón y sus discípulos con esta tríada memorable (Verdad – Bondad – Belleza) que hacía coincidir todo lo bondadoso con lo estéticamente bello. Y a ambos con lo auténtico. Sin embargo, el mero análisis que yo efectúo ya es una traición al lema, porque el filosofar griego no entendía la bondad como lo bienintencionado (que carga la palabra bondadoso o la rellena cual bollo preñado), lo bello como estética (sí acaso como proporción o armonía) o la verdad como algo tan negociable y conveniente (llamémosle relativo, ¿no?) como por estos lares del tercer milenio.

Para ellos la tríada famosa era un todo. Un poliedro paradójico, de una sola cara, donde se reflejaban a un tiempo los destellos de cada cualidad, sentidos como ética y humanamente positivos. Casi nada.

Hago este preliminar porque hoy en día es difícil NO sentir que algo –no digamos ya alguien, pero dejemos esta apreciación, que nunca será objeto de este blog– nos decepciona o por lo escasamente que entra por el ojo, o por lo sumido que está en su destrucción (propia, ajena o las dos), o, simplemente, por su falsedad, a menudo brillante, altiva, coronando como una proa desde la que se contempla con gracia la estela rumorosa del trending topic de turno.

hombresinpasado

Una excepción a esto siempre la he hecho con el cine de Aki Kaurismäki (1957 –  ), un arquetipo –pero no mezclado, ni agitado cual cóctel de espía– de los tres valores: una luz, difícil pero bella, que lo tiñe todo de esplendor. Una decidida (y subjetiva, claro) apuesta por lo humano. Y una explosión de verdad, como si fuera el pegamento que diese nueva vida a ese jarrón mil veces roto y consabido que es la existencia.

Nadie puede pretender realistas las tramas de la soñadora Le Havre (2011), a mi juicio la última y la mejor de sus creaciones, pasada por las tres harinas de la triada platónica: una fotografía de pinacoteca, una irrealidad que asume por reducción la dura verdad de la inmigración y la ensoñación de un mensaje esperanzador sobre el ser humano, independiente de aduanas y fronteras, si lo que circula es sólo la persona y su circunstancia.

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No obstante, el realismo nunca parece haber sido una gran preocupación de Aki –no así la realidad, a la que nunca, tampoco, dio la espalda. Los personajes de este finlandés (por decir algo, imagino que debe de sentirse ciudadano de muchos mundos) están como limitados por un cielo de soñador plomo, pero al mismo tiempo parecen también ceñidos por ese iluminar, asemejarse a meros haces de esa luz.

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Navegar por Nubes pasajeras (1996), Un hombre sin pasado (2002) o Luces al atardecer (2006) –por no decir La vida de bohemia (1992), ese experimento antioperístico, sencillo en su b/n cálido y fosfórico– es  hacerlo por un paisaje íntegro, confiable, apacible en la serenidad de lo mínimo pero siempre humano. No olvidéis meterlo en la cápsula que salve a lo mejor –lo más bueno, lo más bello y sí, lo más verdadero– de nosotros.

Videonota: Como una colección de retratos al estilo de las viejas escuelas pictóricas del norte, coloco aquí dos entrevistas, en distintas edades, de Aki y un homenaje suyo al no menos genial Ozu.

 

 

 

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