Feliz Día del Libro | Aunque todos podrían serlo…

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Que la vida iba en serio ya era algo que se temía el tormentoso e íntimo Gil de Biedma en No volveré a ser joven. Que la literatura puede ser, además, una broma es una verdad que no parece haber tenido acuse de recibo en el sistema educativo español. Y de aquel polvoriento recurso de ampliar las gramáticas con el enxiemplo del escritor ilustrado viene quizá el lodo sepulturero de considerar cualquier obra escrita un museo antes que una pieza de solaz.

La literatura anglosajona –con gloriosas excepciones hispanas– siempre ha parecido entender esto de otro modo. No es tanto la invocación al humor, presente en el mismísimo Quijote (abajo ilustrado por Doré y recreado por Richard Strauss y Rostropovich), como oro que barniza toda la historia del alucinado Quijano, trágica hasta la locura; es más bien la necesidad de divertirse, de apartarse –en lo más etimológico– del camino trillado, para perderse en una suerte de ejercicio que roza lo placentero por experimental.

Sterne, en pleno siglo XVIII inglés, ya estaba dando cuenta de este afán, cuando en España se cabalgaba entre el aforístico y conceptual Baltasar Gracián y el ensayístico Jovellanos. No es que el autor de Tristam Shandy no esté a la altura del concepto. Es que se ríe, vamos que se carcajea abiertamente de él. Su protagonista es un decidido y quijotesco amante de la digresión, que no es sino una especie de la diversión desaforada. De ella hace su lanza más estilosa, hasta transformar los nueve volúmenes de la “novela” (ya por vez primera escrita así, entre comillas) en una gigantesca nube de monólogos digresivos, un insospechado precedente literario de los clubes de la comedia tan frecuentes hoy (aquí sigue por cierto la sugerencia de una genial adaptación al cómic).

No menos voluminosa, casi como la ballena que le da nombre, es la guasa trascendentalista de Melville con su Moby-Dick (1851), que gusta de enredarse en auténticas microhistorias (desde el mercadeo del aceite ballenero hasta el pecado), casi siempre más interesado por esto que por una decimonónica ilusión de trama. Versiones adelgazadas (hasta convertirla casi en un boquerón) y extrañamente juveniles de la Ballena Blanca echan a perder este gracejo de un narrador que se movía como cetáceo en el agua en medio de un buen número de serios predicadores e incipientes capitalistas de la época (más afortunadas son adaptaciones como esta).

La risa se traslada de siglo y continente a Joyce y otros escritores irlandeses de prosa desencajada, cual mandíbula, como Flann O´Brien –Joyce hizo de la parodia de estilos, de hecho, la herramienta más frecuente de su escritura: leer el capítulo diecisiete del Ulysses (1922), que parodia la forma catecismo y el lenguaje científico, es asistir a una de la cumbres de la literatura divergente (y por ello divertida): la que se funda en la palabra pero a su vez se ríe, antes que nada, de ella misma.

En Francia y sus alrededores (como el Cortázar parisino que fragmenta su Rayuela para que decida el capricho del lector el orden de su lectura) lo lúdico siempre vino en su ropaje más formal, servido frío y con hielo tras pasar por el alambique de los caligramistas como Apollinaire, que prescinden directamente de la anécdota para dibujarla. O como el más hilarante Raymond Queneau (un Erik Satie de la literatura), que no duda en reducir su prosa a una mera colección de Ejercicios de estilo (1947), como para que el perspectivismo de una acción reducido a la suma de los ojos de abeja de su cambiante narrador (desde la nota petulante y chulesca hasta la erudita) nos muestre la realidad como la gran broma que finalmente puede ser.

Todo queda quintaesenciado –por no desmerecerla– en hitos de la prosa en español, como las greguerías de Ramón (la poesía sutilmente descompuesta en humor) o el cinismo de narraciones breves como las de Augusto Monterroso, amigo de la escritura palíndroma, y cuyo prehistórico –eso parece– cuento Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí aún sigue convocando a una nutrida tribu hermenéutica. Y fluye en todo ello, como siempre, por encima de movimientos y proclamas (entre los que escriben), de antologías y didácticas (entre los que enseñan), la sana necesidad de reír y la conveniencia, en cualquier lengua, de que la asignatura jamás pendiente sea hacerlo, y urgentemente, de uno mismo.

Nota mínima: Esta entrada se publicó asimismo en una revista de papel, Umbrales, nº 4:

Revista Umbrales 4 16

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