El último lobo | Jean-Jacques Annaud, 2015

Con este título quiero decir cine que ha de verse en una sala, que necesita de compartir una amplia pantalla con el resto de espectadores –o ninguno. Son películas cuya dimensión no puede albergarse en la retícula de nuestras sensaciones interiores, aunque lleguemos a interiorizar también, con el tiempo, grandes estepas, trasiegos por el universo, montañas de cimas imposibles.

Ahora ha sido El último lobo, de Jean-Jacques Annaud, el cineasta de especial predilección por la naturaleza (El oso, 1988; Dos hermanos, 2004). Ingresar en su mundo es, al menos, un digno simulacro de perderse en el verdadero, desde lo que se otea en el primer plano, con su detenimiento en un horizonte de alturas y una región de verdes meandros, que después lo es de doradas espigas. Mongolia.

Hay grandeza en este cine que no renuncia a su escenario. Es decir: sabemos de lo intrincado de los guiones, de sus giros telescópicos, la verosimilitud de los personajes bien interpretados o ese asidero indefinible que el cine, como toda experiencia artística, guarda para sus mejores momentos. Pero el otro regalo impagable del cine es ese: la posibilidad de pisar la Rusia zarista sin máquinas del tiempo (en El barbero de Siberia), o la inmensidad de la tundra mongólica (en esta propia película o, mejor, en Urga, el territorio del amor), o una infinita y a la vez claustrofóbica ciudadela imperial de Manchuria (en El último emperador) o la desazonante gravedad del espacio interestelar (en Gravity) o, por ser más clásico, subirse a un carromato atravesando las incendiadas balas de heno del Sur de los Estados Unidos (es el Sur entero lo que arde en Lo que el viento se llevó).

Por cintas como esta corremos la suerte de una manada definitiva de lobos (este grupo de animales es el verdadero protagonista de la película), toda una experiencia que bien puede completarse con la lectura de Jack London: dominamos la estepa asiática con nuestra estrategia, nos alimentamos, sobrevivimos a la voracidad del peor depredador viviente (mi género y especie, por desgracia) y, finalmente, nos extinguimos con refinada elegancia. La virtualidad de lo real, tan de moda gracias a algunos gadgets ciertamente simpáticos, es una realidad que tiene los 120 años del cine. Del cine para el cine.

 

Nota necesaria: La película nos impone además otra de las que deben ser nuestras necesidades vitales, por si la desconocíamos. Salvar al lobo. Eso sí que es, además, bonito y no priorizar estructuras macroeconómicas por encima de coyunturas específicas. Aquí va una guía y un pequeño video.

http://salvemosalloboiberico.com/

En “Desiertos de cine” también me refería a este cine panorámico.  

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