Tierra de libros

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1984 | George Orwell, pub. en el Reino Unido por Harvill Secker, 8 de junio de 1949

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Aprovechando el advenimiento y ya casi el cenit de la primavera por estos lares (no he visto estación más corta), y en total empatía con el horizonte imaginado de los cenicientos personajes de esta novela de Orwell, escribo en un mayo que bien pudiera ser el abril soñado de los esclavos de esta fábula triste, picada –como el tabaco– por el alquitrán del progreso (de unos pocos) y la nicotina del odio o la indiferencia (otra forma de odiar) del Estado.

Hay siempre en 1984 un anhelo por la limpieza de lo soñado, de lo puramente deseado, frente a lo impuesto. Años más tarde a los de la publicación de la novela, Ray Bradbury montaría otra pira (nunca mejor dicho) en torno a la cuestión de la individualidad y el progreso comunitario. Parecería que ambos son excluyentes, que se fagocitan como animales voraces, y los personajes de Bradbury y su también numérico Fahrenheit 451 –perdonad este anticipo a quienes no lo leyeron- acaban cada cual transformado en el libro de su preferencia (cruel dilema, o trilema, o…).

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En 1984 la pira está dentro de cada voz, de cada Smith (o Pérez, o Blanc, o Rossi) que se rebela ante lo que su conciencia, como feroz anticuerpo, revela ajeno y –sobre todo– injusto. Lo que no es bueno, lo que no es verdadero. Lo que no es bello.

Me gusta, más allá de la trama filopolítica con la cual el Orwell ideólogo vino a dar una vuelta de tuerca más al totalitarismo, toda la iconografía con la que el novelista nos quiere transmitir esa pesadez del plomo trabada a las suelas de sus soñadores protagonistas, el tal Smith y Julia. Por vez primera, el futuro es sucio, por falso y por repleto de maldad. Sucias son las paredes y los suelos de este micromundo que otros habrían figurado en la pureza, pero que aquí rayan el colmo, la inmundicia, lo que es mero consumo para seguir adelante, como una piececita más o menos aparente del Gran Diseño.

Orwell es Orwell por esta rebeldía; luego todos hemos olvidado la color, más o menos hepática, de su ideología. Lo que nos transmite es la bella e irrepetible posibilidad de ser lo que somos frente a la alta, oscura probabilidad de que seamos lo que otros quieren.

Con el tiempo, quijote tontorrón de estos tiempos, atarambanado por las circunstancias, me ha dado por mezclar las tramas, la de los gregarios que borran la memoria humana en los sótanos del Estado y la de los bomberos que incendian bibliotecas, y ahora ruego porque alguien se pida ser, al final de todo, 1984, para que quede entre nosotros siempre, en el imaginario paraíso o limbo de Fahrenheit 451, una copia fiel y audible de la voluntad y la dignidad de ser, independientemente de todo.

 

Nota pedante: Existe otra versión más desconocida pero con valores fílmicos más notables, que no depende en todo caso de la impresionante interpretación de John Hurt:

 

 Un lector, australiano y divertido, también coloca en la red este inteligente aunque (voluntariamente) mermado resumen:

 

 Para adobarse totalmente de distopía y dirigismo, se puede visionar también la joyita de Truffaut, ligeramente envejecida pero igualmente actual, aquí .
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