Tierra de libros

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El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha  | Miguel de Cervantes Saavedra, pub. en Madrid, 1605 y 1615

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Tierra de libros es una casi sección del blog (pronto tendrá su ubicación en el menú de arriba, junto a otras ramificaciones de este rincón, siempre naciente, aun en su oscuridad) que promueve la lectura desde el lector, desde los lomos mismo del libro, alcanzables por el tacto, el olfato y la vista.

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Mi experiencia sobre El Quijote nace con mi decena corta de años, cuando “leía” las ilustraciones –extrañamente rudas– de una edición abreviada y gozaba buscando los capítulos donde al bueno de Quijano le daban palos como al Vallejo que se moriría en París un día de aguacero: palos entre las heces de los odres arruinados, palos a lomos de un caballo de madera, o en el corazón de una reata de presos, o preso de una jaula ruin, como un animal feroz o un loco peligroso. Palos. Visto así, y desde la atalaya ahora de un cierto desencanto por la humanidad –en trance siempre de ser rescatado por la maravilla, llámese Ofelia o un pasaje de Cortázar y/o Glenn Gould –, no me extraña que este libro fuese masivamente seguido por los educadores de un periodo más o menos largo de nuestra existencia, pues el mensajito perropavloviano, horadante cual gota de gotera, es claro: la locura es el fin.

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Como por arte de magia –un prodigio cervantino más–, los bachilleres y curas del cuento se desbrozaban en figuras reales de carne y hueso que los iban sucediendo en la vida real de cada uno de nosotros, para carcajada gloriosa y eterna, desde donde esté, del propio Cervantes.

Pertrechado con esto, para mis siguientes lecturas –al borde ya de la adolescencia o despeñándome de ella en una juventud que se prolongó hasta lo que sea esto de ahora–, ya llevaba también para mi fortuna en el zurrón un buen número de lecturas amigas (la sombra fantástica que un hombre vende al diablo de Chamisso, los viajes damasquinados de sorpresas de Verne, al menos un tercio de las mil y una noches orientales, algo ya de Chesterton y Borges y lo más estrafalario, quizá, de Joyce), por lo que mi entrada con Quijano en la Cueva de Montesinos me deparó la posibilidad de que D. Miguel estuviera pensando en algo más que una descripción realista de un loco y un lerdo (o sus opuestos y paradójicos emblemas de razón y sabiduría) para su fábula de páramos manchegos y violentos transeúntes, llámense así casi la totalidad del resto de personajes que se dan de bruces con la novedad de D. Alonso y su abotargado escudero.

Mi siguiente singladura, que reservo para la entrada más próxima de Tierra de libros, fue simplemente la lengua. El lenguaje. Atendido lo escrito, quedaba fijarme en cómo se decía. En cómo, casi, se cantaba…

Nota quijotesca:
Reservo también para mi nota de la próxima entrada un acervo de las ediciones que más me gustan de la novela, decantables casi siempre por la ilustración más que por lo erudito. Aquí solo os quiero dejar un botón de la nueva camisa que tendrán los contemas, tras la aparición inminente o al menos inmediata de su segunda serie: la adaptación (cual orquesta que se torna piano a tres manos y media) que tengo medio enjaretada de la novela a lo que denomino Quijemas. Este capítulo vuelca, con el registro propio y la luz del contema, mis sensaciones literarias de los duelos y quebrantos iniciales, en ese lugar de La Mancha del que algún día terminaremos por acordarnos (como siempre, una pulsación sobre la imagen conduce a una mejor lectura).

 

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