Tierra de libros

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Veinte mil leguas de viaje submarino  | Jules Verne, pub. en Francia por  Pierre-Jules Hetzel, en Le Magasin d’éducation et de récréation, entre 1869 y 1870

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A finales del siglo XIX, Julio Verne, ese francés universal que soñara nuestras conquistas, pisó antes que los privilegiados expedicionarios del Apolo XI la Luna y viajó a profundidades submarinas –aún no visitadas por entonces– sin moverse de su escritorio. En esa misma estela de fantasía viajera y soñadora (y a un tiempo sedente) se movió por ejemplo Emilio Salgari, que hizo de la luz ocre de una bombilla y las cuatro paredes que le rodeaban  –y a duras penas podían filtrar el ruido de las letrinas– un continente extenso (plagado de tigres sinuosos y leales y de occidentales traicioneros y un poco estúpidos) que ya pertenece a todos sus lectores.

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Acaso sean estos dos narradores decimonónicos –por cierto, traducidos con bastante profusión y acierto– los que más han popularizado la idea del relato como experiencia de tránsito, auténticas y económicas agencias (“1 franco” figura como precio de una de las primeras ediciones de Verne) que han llevado a muchos aficionados a la lectura a otros mundos, recónditos, inusitados, a veces incluso no muy conciliables con la cotidianidad, pero dócilmente vaporosos tras el golpecito hueco del cartón contra la mesilla de noche.

Viajar a través de los libros es una aventura que se compone –para el escritor y su lector– de la evolución o el golpeteo agitado de la pluma o las teclas hace cinco, veinte, doscientos años y ese otro “ruidillo”, más contemporáneo, de las páginas que van pasando hasta dejarnos en las aguas tranquilas de un malecón o a las puertas de una fortaleza submarina inquietante, que puede desvanecerse en el próximo párrafo.

Puede decirse que hoy se viaja más –nos desplazamos más– pero se transita menos: apenas experimentamos la sensación de que aquello que hemos conocido nos ha trasladado en verdad a otro espacio u otro tiempo. La tendencia a “economizarlo” todo (en el sentido, más bien, de convertirlo todo en objeto de transacción monetaria) nos beneficia más, por ejemplo, que a los “exploradores” del XIX, cuyos viajes transoceánicos triplicaban en precio a los nuestros, pero, con frecuencia, nos mostramos más preocupados en hacernos con un buen “paquete”, rápido y barato, que incluya dos o tres archipiélagos, que en descubrir una sola isla, y  –lo que sería más hermoso– descubrirnos en medio de esa isla, conocedores de que no todas (y puede que hasta ninguna) de nuestras ideas tienen que ser las mismas que las del vecino. A respetar y a tolerar al otro también se aprende leyendo, viajando, soñando. Y dejando que el otro sueñe.

 

Nota viajera:
La exposición sobre Verne en la calle Fuencarral de Madrid nos recuerda su promesa conocida de “no viajar más que en sueños” –algo en lo que parecen empeñados también algunos en estos días, para desgracia de todos…

 

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Visitable hasta finales de febrero de 2016, contiene un interesante diorama –de inspiración y estética muy vernianas– con un paseo por las novelas
http://espacio.fundaciontelefonica.com/julio-verne/novelas-clave/

 

La imagen inicial es de la soñadora y libresca imaginación de Jonathan Wolstenholme .

 

A un ilustrador de Verne escogido por José Antonio López le debo por cierto el tapiz que vela cada rincón de la ficticia noche del blog, detrás siempre de estas palabras.
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