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14 de noviembre | Zhang Yimou, 1951 –

noviembre2015

En Zhang Yimou  el paisaje se impone como una verdad. Acaso la única. La realidad es cambiante o esquiva a los deseos de los protagonistas pero el llano y las estaciones que pasan, una tras otra, siguen ahí, sin ausencia ni desacatos. Escritor y fotógrafo de la fugacidad, pero también del arrojo de atravesar los años sin otro bastón que la memoria u otro sostén que el olvido. Poeta de la vida arrojada sobre un prado o aspirante a una colina, pero siempre cercana y cierta.

Aparte de sus conocidas y esteticistas películas de lucha épica (como Hero, 2002), dos hitos se me imponen como películas de las que no puedo prescindir en el recuerdo.

El Camino a casa (1999) es la forma más sencilla y humana de rememorar, con fotogramas artísticamente muy trabajados, una historia de amor. La pequeñez de nuestras aspiraciones y deseos la enmarcan doradas lomas donde el ser humano es acaso una espiga más, pero una que se engrandece cuando el tiempo y la experiencia –con todo lo bueno y malo– hacen de cada vida un grano, como en el bellísimo y reflexivo poema de José Luis Hidalgo:

Me ha calentado el sol ya tantos años

que pienso que mi entraña está madura

y has de bajar, Señor, para arrancarme

con tus manos inmensas y maduras.

Está entroncada –en mi interior; esta película es posterior– con aquella fábula de Kim Ki-duk, Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera (2003), por su tratamiento del paso del tiempo igualmente delicado y contemplativo (el mismo que observo en El sol del membrillo , 1991, de Víctor Erice).

A  Ni uno menos  (1999) la entronco en cambio con esas películas que postulan seriamente a la enseñanza y la educación como unos de los agentes de un cambio verdaderamente radical en una sociedad, o al menos en una comunidad (para lo bueno –que se supone que es a lo que aspiramos– y para lo peor, llámese entonces lavado de cerebro, que es lo que podemos estar sufriendo en muchos casos recientes).  La juventud de la niña protagonista (la maestra) es también la de nuestra voluntad diaria de cambiarlo todo para que todo sea más justo, esa que eternamente se da batacazos en los semáforos y en las ventanillas de las ciudades. En esto, como digo, la enlazo mentalmente con aquella deliciosa Urga, el territorio del amor (1991) de Mikhalkov, por lo del brutal contraste entre campo y ciudad,  La bicicleta de Pekín  (2001) de Wang Xiaoshuaio y, menos orientales, Hoy empieza todo (1999) de Tavernier y –la más reciente– el Camino a la escuela (2013), de Pascal Plisson.

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Sin renunciar nunca a recrearse en la fotografía, Zhang Yimou nos representa cuadros de una verdad desquiciante por su sencillez y humanidad, como aquellos paisajistas románticos que puntilleaban sus campos de figuras humanas aparentemente insignificantes. Pero esa verdad, y sus dramas, siempre terminan por asomar y, en todos ellos, un hombre, o una mujer, o un niño que tienen que decidirse y decidir, para convertir esa pequeñez de uno en grandeza de todos.

 

 

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