An (Una pastelería en Tokio)   | Naomi Kawase, 2015

doriyaki

Las relaciones entre vida y arte, o, digamos, ética y estética no son cómodas. Qué va. Pero veces hay que determinados artistas se empeñan en conciliarlas. Y su empeño resulta en alguna ocasión en algo verdadero, en una pieza bella, en una buena película, para el caso que ha provocado estas palabras.

Una pastelería en Tokio (me gusta la sencillez de su título japonés: An) es de esas películas con cualidad mullida, a pesar de lo problemático de su esencia (nada menos que la aceptación de la lepra en un sociedad instalada en la élite de las Naciones Unidas), una parábola del paso del tiempo con sustancia dulce, como su preciosa y visual melodía pastelera, aliñada con un corazón sabroso como el de los pastelitos que rememora (y que muchos conocemos en Occidente por la afición de nuestros hijos –o de nosotros mismos– a Doraemon, una fascinante criatura del universo manga).

De Tokio sabemos por las breves, ácidas fábulas de Osamu Dazai , plenas de una rebeldía impecablemente agria, o por las turbias y pesadillescas aguas de la película de Hideo Nakata que por aquí vino a llamarse Dark water (2002) , pero los caminos de esta cinta son los senderos filosóficos –de genuina raíz zen– del cerezo, el vaivén de la salsa primorosa y amorosamente azuzada por la  deliciosa y veterana cocinera de Kirin Kiki, que inevitablemente nos recordará la cariñosa labor de nuestras abuelas. El tiempo solo lo es si cuenta para agarrarnos a las entrañas de los seres y las cosas (percibidas como sustancia propia, más que como materia ajena que uno avaricia poseer) y si además lo hace con el fruto de la vida en plenitud, entregada a un amor casi infinito por todo, ese que hace sabio al repostero entregado a su masa o al poeta a sus versos, como el jesuita Hopkins cuando sorprende a todos al borde de su desaparición mundana con su “soy tan feliz”, inusitada jaculatoria lanzada al aire dublinés del 8 de junio de 1889.

Sentaro, el protagonista masculino de An, comienza sabiendo poco y, al menos, termina su itinerario filmado sabiendo algo más, de sí mismo y de lo que le rodea. Se cierra así el círculo del amoroso conocimiento que vino a insuflar en el alma suburbana de la ciudad una aparentemente enferma y anciana Tokue, y todo ello unido por el tenue, leve hilo del jugo de unas legumbres cocidas. Al cabo, resulta que la vida, cuando es verdadera, sigue siendo el mejor ingrediente de casi todo.

 

Nota no apta para diabéticos
Para aquellos que disfruten de un óptimo funcionamiento del páncreas, estas páginas no pasarán inadvertidas:
El dulce japonés
Así se hace un dorayaki
(si bien An me parece la mejor videoreceta de este dulce).
Para los amantes, más bien, de lo agridulce, estos escabrosos cuentos japoneses, pequeñas piezas de un terror difícil de digerir:
Cortos de terror japoneses
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