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 Memorial de obras inacabadas

Esta sección se recrea en la contemplación de obras artísticas y literarias de todo tipo, sin evitar posibles o improbables culminaciones…

 

 

El proceso | Der Prozess, novela inconclusa de Franz Kafka, editada post. en 1925

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Un proceso, cualquier proceso (natural u observado en la Naturaleza, artificial o infringido por el hombre) implica una serie de fases que terminan sometiendo a un sujeto al Orden que el mismo proceso presupone. Franz Kafka ya había escenificado en La metamorfosis –así, de primeras, in media res, como quien quiere la cosa– las consecuencias de una alteración en el orden físico, en la contextura de un solitario comercial anclado acaso, mucho antes, en su propia abulia. Pero el menudo autor, legalista, a la sazón empleado de la seguridad social praguense, no quiso conformarse con esto. O eso parece.

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Menos radical, pero más dura, más tenaz, quizá más arbitraria que cualquier trasiego hacia el artrópodo es el pasaje por los vericuetos de una Ley que no admite vida fuera de sí misma. Josef K., el trasunto esta vez de la entraña kafkiana, se somete primero leve, casi dulcemente al imperio de una justicia atroz e inopinada, como quien quiere llenar sus sábados, o sus domingos, de una espuma sugerente. Pero termina después condenado a la cesación, a la desaparición como única garantía del cumplimiento fiel –lo mismo que la agonía del insecto, primero peludo y luego despedazado, de Die Verwandlung fue la manera mejor de ser un buen hijo y un mejor hermano. El pro-cesamiento es, más que nunca, casi etimológicamente, lo más favorable a la caída, al cese; el antónimo más eficaz del pro-greso. En todo caso, la única salida.

No hay otra obra inacabada que esté más conclusa (digamos que por otros…) que El proceso. Paradójicamente, el propio Kafka concluyó su relato con otra narración magistral, en su contenida brevedad: Ante la ley.

Pero han sido muchos los creadores que han tramado, de manera más o menos aventurada, una culminación de esta novela.

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En el cómic, Chantal Montellier y David Zane Mairowitz –un reincidente kafkiano del que ya hablaremos más adelante en el blog– firmaron una adaptación cáustica de la historia, mezclando el underground con efectos propios del manga y un gran sentido estético de la historieta. Son viñetas agresivamente kafkianas –sobre todo cuando uno piensa que la narrativa del propio Kafka casi sin engrosar las tintas ya está haciendo cómic grueso, es pura expresión.

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En el cine, ha contado con versiones dispares:

La más antigua es también, en cierto modo, la más moderna: Orson Welles (1962) hizo de su película sobre El proceso una suerte de fantasía, donde lo expresivo casi que gana todo el terreno a cualquier cuestionamiento sobre la trama. Después de todo, vino a decidir que si Kafka no concluyó su obra, él tampoco quería hacerlo y utilizó la tangente fantástica para el apoteósico final, la coda al fin y al cabo de la tenebrosa galería sinfónica que va tejiendo durante todo el metraje, en una cinta sobre todo musical, eterno homenaje a los expresionistas del cine alemán. El propio Welles es consciente de la parábola kafkiana del apólogo Ante la ley, tanto que lo incluye como portadilla alegórica de su cinta:

 

El dramaturgo Harold Pinter sustituye al paroxístico Anthony Perkins por Kily MacLahlan (famoso por la serie noventera Twin Peaks, de David Lynch) y con él le da un tono más descriptivo y casi académico (¿verista?) en el guión de la versión de 1993. El caso es que uno entrevé los meandros del cerebro cuestionador de Pinter, pero la fotografía, quizá, termina por entregarnos a un Kafka demasiado apacible, pese al guiño orsowelliniano de la escenografía minera del final.

 

Y tiene su miga la más reciente versión, de 2014 (¡más reciente incluso que este blog!), del ruso Konstantin Seliverstov, intrigante desde su pulcritud, contada en tonos que van del blanco y negro al sepia, con multitud de tonalidades intermedias, como los recovecos de su trama, que vagabundean entre el telefilm y el más desaforado docudrama, con algún toque de Kaurismäki. Es una curiosidad recomendable y estéticamente poco reprochable, que se permite incluso añadir una vuelta de tuerca, muy actualizada, al famoso final-no final de Franz Kafka.

 

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