Cuando deje de llover | Andrew Bovell, 2008, en versión dirigida por Julián Fuentes Reta para el Teatro Español, 2015-16

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Para Ofelia, que la disfrutó conmigo

 

Asistimos a esta obra de título anacrónico (ahora que la lluvia no es tan frecuente por estos lares) con la incertidumbre de todo lo que se va gestando, minuto a minuto, sobre un escenario. A diferencia de lo que ocurre en la sala de cine, siempre hay algo que se cocina sucesivamente (aquí, curiosamente, el pescado, o más bien el pez llovido de la escena inicial), algo que resulta de un esfuerzo actoral y escenográfico, que ha de empeñarse en cada sesión: un acontecimiento único.

En pocas obras de las disfrutadas en estos últimos envites se hace más visible este trabajo, la idea de que múltiples hilillos –quizá como confundidos con las partículas de lluvia del título– enredan la trama, los monólogos y diálogos, el cambio de los planos en la escena, los mínimos detalles del atrezo, hasta fundir, capa tras capa, como en una lasaña dolorosa pero visualmente bella, la percepción de que la historia, nuestra historia con minúsculas (por mucho que un personaje se esfuerce en recordarnos los hitos de la historia que nos escriben otros) no es muchas veces sino la persistencia de un dolor, acaso la costumbre de una herida.

 

Los personajes de esta obra son las facetas –en cada época de la acción, pues esta abarca casi un siglo– de una misma desolación familiar, trabada con tramas que se regurgitan unas a otras, con la torva melancolía de aquel Saturno que bosquejó Francisco de Goya devorando a sus hijos, con ojos terrosos y llenos, sobre todo, de miedo. Cunde en todos ellos la llaga jamás curada de la tristeza, y a pesar de todo los reúne cada vez la ocasión, el entretenimiento de una comida compartida, la dulzura de una bata regalada o una noche compartida bajo las estrellas.

La dirección escénica –en la sesión que nosotros disfrutamos como única– quiso ofrecernos todo el plano escénico envuelto entre las gradas de espectadores, y así todos los sentados esa noche tuvimos en algún momento la sensación de ser pequeños dioses respecto de esos padecimientos, tutelamos quizá por un simulacro de tiempo la tragedia ajena de cada personaje; pero no se nos escapa, claro, la inquietud de que alguien también tutele la nuestra por encima del plano escénico del teatro, de la ciudad, de la ajada Tierra que vamos devorando como saturnos a velocidad de escape, del momento que inútilmente nos custodia en este lapso de tiempo que ahora somos.

Hace unos años –me da hasta pereza consultarlo– alguien descubrió que la memoria de los peces no es tan reducida. El pez que llueve como del cielo en el principio de esta obra, y que alancea toda su acción, dejando sus escamas por entre las mesas y las sillas del escenario, parece guardar dentro de sí la memoria entera del sufrimiento familiar que aquí se recrea. Y reflejarla en su inquietante ojo, con destellos que parecen una misma lágrima, mientras la fuente lo sirve, final pero infinito, a los personajes que acaso nos estén remedando sobre la escena.

 

Nota ligeramente horneada:
La ficha técnica de esta premiada versión puede leerse aquí.

 

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