Mis relatos favoritos

El dinosaurio y otros microrrelatos | Augusto Monterroso, varios

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Los hay sonoros y monosílabos cual pronombre favorito de político de por estos lares (Luis XIV, de Juan Pedro Aparicio, un mero “Yo” cruzando toda la página). Los hay demoledores, verdaderos tratados filosóficos en apenas cuatro palabras (como El emigrante ). Los hay fantasmas, tenues y a la vez densos en su inexistencia,  o sin título y redomadamente paradójicos. Nos rodean por todas partes, pequeños pero inmensos, como las estrellas sobre el campo, como las partículas de una turba vistas desde un campanario. Los tenemos incluso –surrealistas, dadaístas casi– incrustados cual joyita exótica en el tutorial de fuentes de un paquete de software: El veloz murciélago hindú comía feliz cardillo y kiwi.

Pero el que me sigue inquietando (creo que como a muchos de vosotros) es el del dinosaurio. El dinosaurio, todo lo que alguna vez fuera, enorme, poderoso y ahora increíblemente extinto, exhala en este minúsculo cuentito del gigantesco Monterroso su último aliento, como postergado en nuestras cabezas, fosilizando su agonía en cada pliegue de nuestro cerebro:

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

No sé vosotros, pero yo todavía me siento ese aletargado ser, peligrosamente cercano en su transitar por el mundo al omnisciente dinosaurio del horror, de la aniquilación –es un sentimiento cotidiano además, cuando circulo con mi bicicleta (obstinado creyente en un futuro con aire semipuro) y me persigue en la estrecha vía el dinosaurio mecánico de hoy, disfrazado de cuatro por cuatro imponente y presuroso. Un tercer o cuarto ojo oculto en el cogote lo delata tras de mí bufando con sus faros antiniebla. Y yo siento la desolación atroz del que nunca despierta de la pesadilla diaria y opresiva de nuestra propia extinción, mientras compongo como puedo una variación de Monterroso, donde el dinosaurio sobrevive a la glaciación de marras como puede y la pesadilla somos nosotros. Seguimos siendo nosotros.

Cuando el dinosaurio despertó,  el hombre todavía estaba allí.

Estas perlitas del narrar nos informan, más que nada, como esencia, apenas como gota, de nuestros propios miedos (la soledad, el tiempo que pasa, la nada) y, sin tener el engolamiento del aforismo ni la dulzurilla ñoña de la frase de calendario, un buen día se nos adentran y ya es para vivir con nosotros siempre, en lo bueno y en lo malo. Lo sé: pase lo que pase siempre me quedará, no el París de Michael Curtiz, sino –más inocuo, más infante– ese retrato fabuloso que ventea todas las grafías posibles: La cigüeña toca el saxofón detrás del palenque de paja.

 

Nota lo más breve posible:

 

monterrosoUn tomito de Augusto Monterroso (Movimiento perpetuo) quintaesencia estos hallazgos. Me llama la atención este pequeño e inquietante apólogo:

 

EL MUNDO
Dios todavía no ha creado el mundo; sólo está imaginándolo, como entre sueños. Por eso el mundo es perfecto, pero confuso.

 

Un benefactor ha reunido algunos más de estos microcuentos en:

 

Microantología de microrrelatos

 

Hay (habrá para vosotros) un microrrelato, El grito, en la próxima serie de Contemas, y puede leerse aquí .

 

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