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María Blanchard | 6 de marzo de 1881

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Imaginarlos: al niño, al helado… Concederles la imagen como quien da luz a la carne, pero bañada del zumo de los pinceles, del azúcar escarchado en el color. Yo sé que estuvo ahí la infancia de este niño ya más bien hombre que retoza por la jaula del pavimento, convencido del negro de sus ropas, a punto de la lágrima, paladeando el acíbar muy frío de su niñez medio muerta, tocada de canotier y de un vuelo remoto de palomas, ya untada con la brea del bastón y el laurel, de las lecturas obligadas, de la muerte encaramada en las aceras, agazapada en los daguerrotipos, mientras el niño aún, el que no ha conseguido aún su helado, se pone de puntillas para apenas alcanzar la grupa del carrito, el aura dulce de la vida mientras todavía no es paso, trasiego, acaso mercancía.

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La niña es un gigante que devora, falaz, sus mínimos recuerdos, emborrizando con el azucarero los tonos grises, si alguno ya aconteció –una riña, un disgusto, alguna travesura. Ahora ya posa, un cubo más, junto al entramado del los pasteles y las golosinas, convirtiéndose quizá en el pastel más extraño de la composición. Su silla es la del olvido, la de mantenerse en el afán goloso para no caer en las usuras de la vida, en la desazón del pan que está a punto de derramarse de la mesa, en los pliegues increíbles y obstinados del mantel sobre el cuchillo, en la oración secreta de la tartaleta de yema olvidada en el banco, ya para siempre jamás, ya para siempre ayer, ya para siempre inalcanzable.

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María Blanchard es –a lo Juan Gris – una pintora de sensibilidad cubista, a lo mejor no esclava de su técnica pero sí deudora de su hallazgo. Su pintura la sitúa en una de esas islas poéticas del cubismo, parece que olvidada de la ruptura que supone, o más bien gozosamente deleitada con la belleza que procura. Son cuadros que transmiten una textura blanda pero sobria, de proximidad y cariño con el que los contempla, pero con un poso de tristeza, de meditada melancolía. Son admirables sus niños de negro –como los del texto y las imágenes: El niño del helado (1924) y La golosa (1924)– y los sugestivos volúmenes de sus objetos, que conforman una especie de “cubismo redondeado”, muy suyo.

Me remito en esta ocasión directamente a la Wikipedia, pues alberga (bonito verbo), junto a la entrada dedicada a la pintora, una copia digital de la Elegía a María Blanchard de Federico García Lorca (está casi al final, tras la cronología):

María Blanchard en la Wikipedia

Entre octubre de 2012 y febrero de 2013, antes de que echara a andar fm|al (estuve tanteando por ello dedicar un Desván a este nombre capital de la pintura, pero lo encontraba poco acogedor), el Reina Sofía montó una de las últimas grandes exposiciones sobre Blanchard. Un par de enlaces residentes en la red dan cuenta de ello:

Exposición de María Blanchard en el Museo Reina Sofía

Reivindicación de una de las grandes artistas de la vanguardia

Por sintética y pulcra me gusta la nota biográfico-artística de El Poder de la Palabra:

María Blanchard en El Poder de la Palabra   

Al abrigo de la exposición citada, se produjeron unos pocos documentales que nos incorporan la sufrida historia de esta mujer, de esta artista esencial:

Valiosísimo este documental de Gloria Crespo, muy completo

 

También destacable este documental, de sugestivo, rotundo y verdadero título:

María Blanchard, la cubista invisible

Y me quedo con esta videogalería con acompañamiento de Pergolesi:

 

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