contema treinta y uno

Theatrical Release

La mujer se instala en la zona de mayor anchura del autobús, después de un trabajoso acceso, entre rostros que se preguntan pero no interpelan, arrastrando siempre un cochecito de niño. Vacío.

A mí no es infrecuente que me pille entre la página de cartas al director del diario gratuito y otra cualquiera. A veces, requiere mi concurso para acomodarlo, al carrito vacío.

Como es obvio nadie se le acerca a la mujer para preguntarle sobre un niño que no hay. Eso, si se es nuevo en la línea y hora de transporte, no es mayor problema; pero cuando se reincide y la mujer y su carrito sin nadie están ahí, junto al asiento vecino de la zona más ancha, las miradas emprenden un circuito de ida sin vueltas, un atrapamiento en cualquier prospecto para leer nada, un rumor interior que nos asemeja a la hormigonera o a una íntima centrifugadora.

Está revoloteando, sobre todos nosotros, el conjunto de carantoñas de mayor o menor calibre que se suele hacer a un niño bebé, en estas circunstancias, en este tránsito. Pero con la incomodidad de que el niño nunca está, de que las muestras de un cariño anónimo, amanerado, solo podrían registrarse mentalmente.

Pese a ello –o precisamente por ello– la mujer reúne todo nuestro respeto, y pocos (sí, alguna excepción la hubo, lamentable) se han atrevido a mostrar disconformidad alguna con la forma de reservarse el sitio para el cochecito sin niño, ya no digamos desapego para con su proceder.

Yo a lo máximo que llegué –y me imagino que no soy el último, ni acaso el primero– es a seguirla.

Dispuse unos minutos que dedico a un aperitivo caprichoso, en el transbordo de mis dos líneas diarias, e inicié un disimulado camino paralelo.

La mujer descendió, uno a uno, los bancales –en forma de jardineras– que custodian las limes del río ciudadano, impidiendo el roce de las aguas verdinegras con la calzada. Y terminó por descender todas las escalinatas, hasta el mismísimo cauce –solo acompañada, lejanamente, por un merluzo con un diario gratuito bajo el brazo que simulaba otro camino y se complacía por el guiño cinematográfico, con una película soviética, muy antigua al parecer.

La mujer se instaló, casi con la misma naturalidad que lo hacía en la plataforma del autobús, en un zaguán de cemento que coronaban las púas del denso ramaje acuático. Y allí, frente al río, tapando con los brazos la mirada de cualquier observador que no fuese un barquero (sí, también la mía), acometió un sencillo gesto, antes de abandonar el carrito sin bebé.

Pasados unos instantes, me acerqué, con un sigilo insospechado, al carrito. Allí anduve un tiempo, dilatando casi infinitamente el tiempo de mis caprichos, paseando mi mirada entre el lienzo blanco y sucio del fondo del carrito y un como destello de oro, impreso en el lomo mismo de las aguas, que el sol de aquella hora quería dejarnos a todos los curiosos que hasta aquí llegamos.

(c) félix molina, texto e ilustración, sobre fotograma de El acorazado Potemkin

 

Nota: Es el contema uno de la segunda serie.
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