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Jane Campion | 30 de abril de 1954

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Yo no soy Jane Campion. Yo soy el piano que Jane Campion dejó olvidado en el fondo del mar tras el rodaje de El piano. Yo vi ascender a Adda en su sueño de alas verdosas, la vi elevarse sobre mi quietud de teclas, cuerdas y maderas olvidadas, vueltas un amasijo por vuestra inútil pasión, por vuestros sueños vanos. Yo aprendí el lenguaje de las algas y la caracola, la devastada fortuna del coral, el alma errante, sin nombre, de los peces. Sumergido aquí por vuestro error, por vuestra humana vaguedad, la infinitud de las horas me hizo extraño al mundo, a ese que os desgasta en la alegría o el dolor; pero también diferente de las cosas, porque llevaba en mi interior el vuestro, la melodía y el ritmo, el pulso de la belleza, todo lo que grabaron vuestros dedos tormentosos. Cotidiano y borrado por el tiempo, mi presente era el de la arena y la luz tamizada del océano, la irisación y la onda de sus criaturas, el silencio y la bruma de los años.

Una detonación, el movimiento lento que ensaya, día a día, la corteza del planeta, liberó parte de mi volumen, y, sea por la magia o por la voluntad que de vosotros fui adoptando, pude también ascender, reflejar el rayo del sol y ondular las rachas de la brisa, navegar un buen tiempo, como la extraña singladura de una profanación sin nombre, como los restos del naufragio de vuestro deseo, como el superviviente de la vieja caoba y el marfil de vuestro afán. Me encontraron en una playa, en otra y la misma costa que me robó a la música; me libraron del agua y del olvido, de mi existencia latente, silenciada en un fondo, en la nada.  Y ahora vuelvo a ser vuestro viento más dulce, desde la sal misma de vuestros dedos.

 

Jane Campion, la cineasta que la voz del piano olvidado en el fondo del ángulo oscuro del mar ha usurpado en esta traza del calendario, es, sobre todo, la recreadora de mundos alejados de este en virtud de los fonemas de la música (El piano), de la arrebatada inocencia (Retrato de una dama) o de la poesía (Bright star).

En El piano (The piano, 1993) logra una fábula sobre la libertad y contra el destino que aletea en fotogramas filtrados por la envolvente música de Nyman. En el Retrato de una dama (Portrait of a lady, 1996) se palpa la brutal dirección marcada por los planes ajenos cuando se derrumban la pureza y el carácter (aquí  puede husmearse la novela de Henry James en varios idiomas). En Bright star (2009), título tomado de un verso de Keats, el choque de la poesía contra el mundo es tan palmario como la pared que roba de la luz de la amada al poeta en la escena acaso más rotunda de la película.

El piano de la coda final lo debo a un vídeo depositado en youtube, del que solo puedo saber que alguien sin hogar toca este instrumento para beneficio de los paseantes de una playa americana.

Sobre el piano en el cine es interesante pasarse por este sitio, aunque echo en falta La leyenda del pianista en el océano, los 32 cortos sobre Glenn Gould  o alguna de Buñuel. Al Diccineario lo dejo, con mi recomendación, una vez más, de ese rincón soleado de la cinefilia.

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