contema treinta y dos

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El brillo, tan exacto, que reproduce la sonrisa muelle de los niñitos o la rutina desesperada de sus adultos. La irisación y el ámbito poderoso de la luz, destellando aquí y allá, entre las tandas de un perfume denso, que inunda los lineales de la sección menaje, cristalería. El piso siempre recién limpio, la profesional alegría de los dependientes –su más costosa dependencia. El rumor de la nada, propagándose por todos los espacios, como pasando caja de la soledumbre de cada cual.

Y de repente, como tambaleándose, penetrando por la boca inmensa y refrescante de la entrada, la muerte en el cuerpo de un hombre de cien kilos, que se aproxima, que pisa, que ronda, que cae, que rueda, sobre la araña rumorosa de cristal. Nada es más grande que la devastación cristalina, elevando su imperio por el hueco de las escaleras mecánicas.

Todos nos paralizamos, hundidos en nuestro hastío satisfecho y confiado de la tarde de un viernes, esperando. No fluyen las ideas, las iniciativas, pero el hombre, que ha impregnado con sus fluidos la constelación del vidrio, no parece reclamar cuestión alguna, solo aspira a cesar en su alberca de púrpura y diamante.

Efectivos y monótonos, como una sola onda parda que vertebra y pacifica, irrumpen los agentes, que lo rodean, entre miradas de hule que todavía se perpetúan reflejándose en algo de una rustidera o un dispensador que quedó ileso entre las estanterías. A la lluvia minúscula de vidrio, que mancha nuestras ropas y zapatos, le ha seguido un silencio de hielo, que nos puebla a todos, como si ya no tuviéramos la facultad del habla. Alguien va colocando una cinta amarilla en torno, ruda y estridente cartografía que hace emerger como una isla en esa exacta ubicación: el deceso y todos sus accidentes.

Quien manda sobre todos interroga y solo encuentra cabezas que se mueven lentamente, para asentir o negar, una mudez anónima y colectiva se ha instalado parece que para siempre –o para esa mitología eterna y momentánea de siempre– en cada corazón, en cada glándula, que ahora parece empezar a lamentarlo. Hay de hecho una lamentación espesa, como culpable, que se deja fluir sobre cada abandono de la masa, disfrazada de la mera obediencia a esa orden, a ese mandato tan fácil de acatar: por favor, despejen el lugar.

Luego se firman documentos, se estrechan manos, van llegando sanitarios inanes y operarios y subalternos más especialistas del fallecimiento. Fluyen, autorizadas y competentes, las primeras sonrisas.

Hay también para entonces un bebé, como olvidado, que desde su carrito –y casi sin saberlo– llora.

 

(c) félix molina, texto e ilustración

 

Nota: Es el contema dos de la segunda serie.

 

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