contema treinta y tres

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Yo supe de ti, mesa, por vez primera, en un enero ya viejo, de hace unos treinta años. Luego, hace no más de un mes, unas manos tristes te llevaron, hacia otro sitio, incógnito.

He menudeado los despachos de mis jefes más cercanos. Al principio me miraron con ojos soliviantados, buscando en mis preguntas sobre ti un fin más alto, una pretensión. Alguno anduvo observándome unos días, sin más materia que el trasiego de mis manos sobre la que te sustituía, en vano. Al final me susurró en el oído otra oficina, nuestra también y no lejana.

Allí no contaba yo con más referencia que mi afán por alcanzarte. Una especie de encargado me contó de tu paso efímero por un despacho, que llegué a inspeccionar. No te convenía, claramente. Sin más, se disculparon por no poderme dar otras señas –y ahí te habría perdido, si no fuera por la limpiadora que te vio encaramada a un furgón.

Tu oficina de destino quedaba algo más lejos, pero me pertenecía el asueto de unos días, que solicité. Para verte otra vez. En una ciudad fría, al norte, animada por la cerveza y la desolación. Penetré una tarde entre las paredes que presuntamente te acogían. Aunque compañeros, tuve que hacerme entender entre los empleados con una lengua extraña, que apenas recordaba de los años escolares. Alguien musitó un almacén, a escasas cuadras. Otro, más rudo, dejó caer que –con la cajonera apenas practicable– ya nadie te quería.

Me resultó difícil hallar el almacén, y luego a alguien que lo abriese. Varios días pasé en esa ciudad que hacía aún más grasienta mi soledad, como agazapado siempre al momento de verte de nuevo.

Había un hombre, desarrapado y triste, que conocía de los accesos al almacén y, al hablarle de ti, quiso que finalmente le acompañara. Llegamos a una estancia fría, albergada por el techo de uralita de un hangar, donde la luz de un foco central filtraba las sombras de los aparadores, las mesillas de noche, las cómodas, los cabeceros desvencijados. Nada que pudiera compararse a ti.

El hombre me invitó a sentarme en una de las dos sillas que había arrimado a una hoguera. Una vez que me vio reconfortado por el calor que por vez primera en casi una semana me daba la vida, rompió su silencio, solo para decirme que alta y luminosa tú llevabas ya ardiendo, ahí mismo, delante de nosotros, en el centro mismo de todo, desde el sábado.

 

(c) félix molina, texto e ilustración

 

Nota: Es el contema tres de la segunda serie.

 

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