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“La luna roja”, en El jorobadito | Roberto Arlt, 1933

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Entre los cuentos que cargaría en un imaginario petate para llevármelo al refugio de mis últimos días humanos figura este  La luna roja  de Roberto Arlt. Puede leerse este texto como una narración hiperbólica del desnucamiento terrestre, con este planeta que pisamos llegando a sus minutos de la basura, después de haber agotado lo inagotable, de haber deglutido lo incomestible, de haber quemado el aire y hasta la llama de todos los fuegos. Pero también es posible una lectura más arropada por la poesía, imaginarlo un gran poema creacionista, uno de esos descensos o ascensos de Huidobro: el paracaídas que emerge en el horizonte llenándolo todo de bielas y, como de paso, de metáforas multiformes –no hay, no puede haber nada viejo bajo el sol, parece ser el credo del creacionismo.

Sucede que aquí la argamasa de este mural de imágenes desbordadas, de esta jauría de palabras cociéndose al ritmo del fin del mundo (narrado ya hasta el hastío, pero me quedo, por ejemplo, con el Apocalipsis o el Ensayo sobre la ceguera de Saramago) es el regreso de lo salvaje a lo ciudadano, la emergencia de lo brutal sobre lo aparentemente civilizado. La luna es el faro de las bestias y la ruina de los arruinadores de la naturaleza, una de estas paradojas de las que a Arlt le gustaba calzarse, antes de ponerse a engarzar la filigrana de sus tropos (algunas expresiones se hallan entre las más felices de la narrativa en lengua hispánica: focos de porcelana iluminaban jardines aéreos,… tigres confundidos en la multitud por las rayas amarillas que a veces fosforecían entre las piernas de los fugitivos…).

Roberto Arlt nos sorprende siempre por lo que acaso es la insignia más rotunda del escritor: el cómo más que el qué. Sus párrafos (a los que ya dedicamos esto) son de una elegancia tan salvaje como los animalillos que trotan por este cuento y, en el hipotético caso de que el español fuera alguna vez una lengua yaciente como el latín (lo de muerta, siendo lector de Catulo, me parece excesivo), cientos de ellos podrían ser expuestos como consecuciones perfectas, en su abigarrada imperfección, de lo que debe ser escrito, quizá de lo que jamás debe callarse, a lo mejor de lo que ha de ser, definitivamente y a viva voz, gritado.

 

ra_jorobadito_233272Nota trópica: El cuento de Arlt viene incluido en una colección de narraciones con apariencia cotidiana, digamos vulgar incluso, pero de prosa igual de rica que la mostrada en La luna roja. Los cuentos de Arlt gozan (iba a decir gozaron, pero he terminado diciéndolo igual, cosas de la linealidad del lenguaje) de múltiples pero no siempre afortunadas ediciones, que mutilan o diseccionan esta prosa, peligro del que avisa este artículo. Por exhaustiva (aunque costosa) destaca la de Losada, próxima al papel biblia (aquí es, precisamente, donde uno advierte por vez primera todo lo mucho –y casi todo bueno– que escribió Arlt…)

 

 

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