contema treinta y cinco

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Atravesaba el rigor de sus frentes y media docena de sonrisas, todas falsas, me llevaban al profundo salón. Allí disponía de una pieza abiombada y un colchón, donde imponerme mi disfraz y descansar un rato, hasta la hora misma de la farsa.

Te precedían como lacayos de nueva librea, postergada en un traje oscuro con ojos del mismo color, un par de oficiantes que me hacían la reverencia inicial. Yo, inundado por mi peluca y mis chorreras de postín, tocaba y tocaba. Parecía que sin fin. De un lado a otro del piano iba volcando sesiones enteras del conservatorio abotargado en mis adentros. Lo alternaba con frases de un alemán arcaico, revoloteado de dolorimiento, de como desesperación.

Allí estabas: uno en tu silla, merodeándolo todo con la vista. Agazapado y a la vez ausente. Luego otra joven –imagino que también contratada– se dejaba caer junto a la tapa cenicienta y apacentaba melodías vocales, hasta que la iba domeñando la furia del piano. Éramos dos y uno. Los mismos. Los de siempre.

El final llegaba con las convulsiones de tu alegría. Más frenético que dolorido, la frente se te perlaba y ya solo podías vernos desde un ángulo casi imposible de la silla, dueño aún de todo pero retirado de la escena por el más insignificante de tus servidores.

En otra estancia, solo un instante después, un estandarte adusto, vestido de sereno administrador, computaba los minutos y me pagaba según lo estipulado –sin concesiones a la cortesía.

Volvía a atravesar los salones, reparando –ahora sí– en algún recóndito retrato, mientras se iban desprendiendo del abrigo cotidiano las últimas hebras grisáceas de la peluca, hasta el sonámbulo jardín, hasta que la luz misma de la tarde de enero, ya totalmente cernida por las ramas, invadía con su mancha culpable los arriates del césped.

Creo que siempre me gasté tu dinero en enormes jarras de cerveza caliente, como las de su juventud.

 

(c) félix molina, del texto e ilustración, 2016

 

Nota: Es el contema 5 de la segunda serie.
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