contema cuarenta

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Es ese instante en que el caricaturista se decide o por un retrato malvado o por uno bondadoso de su modelo. En torno todo fluye, accidentado, cromático, disperso pero relativo siempre al interior del que ahora coge los carboncillos y del que se sienta en la mínima y raída silla de tela. Solo será un minuto.

Primero son las líneas esenciales, esas que limitan el rostro con la atmósfera, el cuello con su corte. Luego las que definen una boca que insultó u otra que calumnió, una que bendijo u otra que maldijo, y las distancian de las del traidor o de las del corrupto, de las del bendito y de las del maldito.

Hay un silencio, intermitente, que rodea la blancura del papel verrugoso. Hay una pausa que incendia con su mecha las risas de los que rodean al dibujante y al modelo que paga. Ese desnudo del pensamiento, barajado en la traza y en el rasgo, puede costar un gesto, una propina, la ignorancia. El destierro tal vez.

Si quien se sienta es vagamente conocido, al menos publicado en el baremo interior de cada viandante que ahora observa, la sensación es de creciente rayadura (o ralladura) de exacerbada punción que multiplica sus meridianos en la conciencia de cada cual y va siguiendo como suya la mano del artista.

Al final siempre está el momento, ese, agazapado: toca o el enfrentamiento o la sumisión, la hoz o el manto de mermelada y la hogaza del buen sentir. El dibujado ya no se mueve, solo espera; el dibujante se encarama y plasma en ese rasguear   –no importa el siglo– lo que le llevará a la corte, al cielo, a la pobreza, al bocadillo o la cerveza, a la melancolía, quizá a la tumba.

 

(c) félix molina, del texto y la ilustración, 2016

 

Nota: es el contema 10 de la segunda serie.
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