contema cuarenta y uno

hibernado

Nada es duro o difícil, porque de todo me libera este sueño, este dormitar de bestia. Comenzó en los estertores de un trabajo que seguramente no me gustaba. Allí fue donde me hice una pieza con el suelo, frente a quienes se proclamaban mis superiores. Ronqué y ronqué, me dicen, y al final desperté como si nada –en una planta de hospital, claro. Algunos meses después.

Ahora todo es más doméstico, me declararon alguna incapacidad –seguro– y me ocupaba solo, en los meses en que no dormía, de ir acumulando la grasa que me mantuviera vivo en los meses inertes. Hice de mi casa más bien un almacén y de mis propios recuerdos una tinaja donde depositaba los relatos de muertes de personas queridas acaecidas durante mi sueño, tristes fangales de relaciones parientes, alcuzas del dolor donde se deslizaba silenciosamente, como el aceite, una nueva y próxima desgracia. Todas ocurridas durante mi trasiego por la nube del dormir.

Así pasé años de saber y no saber nada, de perderme y no perderme las vidas, porque la mía, oronda y sumida o diligente y buscadora de alimento, se había hecho ya a este régimen de sustancias y narraciones. De los desmanes más externos, los del país o del mundo, poco o nada merecer ser contado. Varias veces amanecí –mi amanecer podía ser en una noche crecida– en un estado dominado por el escrúpulo y la cerrazón; otras tantas por la confianza universal y la filantropía. En alguna sazón estuvieron a punto de prenderme las autoridades por vago y de exponerme en plaza pública como ejemplo para no seguir de pereza y poca producción; en otras, me vinieron a escoger los dirigentes como súmmum de desprendimiento, de grandeza de espíritu decían ellos.

Usted, es probable, supo de mí por alguna reseña de la gente que me envidiaba o supuraba de aversión por mi rutina. Sé que camina para acá, desde alguna parte del orbe, derecho a mi vivienda o mi cantina, cargado de la ilusión de saberlo todo.

Yo solo le aconsejo que, si me descubre en pleno sueño, venga provisto de lectura y otros alimentos y se apaciente en una sede cómoda y –en lo posible, por favor– alejada.

Y espere.

 

 

(c) félix molina, del texto y la ilustración, 2016
Nota: es el contema 11 de la segunda serie.

 

 

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