contema cuarenta y tres

2015-11-12-20-16-52r

En una sala escondida de la ciudad proyectan una película que dura generaciones. Se puede entrar en cualquier instante y ver un fragmento de esas vidas. Nadie que yo conozca sabe del comienzo de la proyección y pocos de los interrogados por la trama pueden asegurarnos su final. La escenografía es, por supuesto, sensible al cambio de las modas y los modos; también los giros del diálogo de los personajes o la rotundidad –según épocas– de los silencios.

Los personajes parecen bastante asidos a su desempeño, pero no es infrecuente contemplar cómo, en momentos esquivos del metraje –si uno perdura, una tarde de hastío, tres o cuatro horas en su butaca–, nos contemplan, como indagando también en la mudanza de nuestras ropas. Alguno de ellos hay que parece obsesionarse con esto, como si forzara sus tomas para encontrarse con nuestras miradas. Para encontrar en ellas, acaso, una respuesta.

A veces, nosotros, los espectadores, parecemos más instalados en la comodidad y la aceptación que los intérpretes. La gente, en general, sabe que la sala está ahí y lo que un día fue innovación hoy es pereza por abandonar un hecho consumado: los operadores siguen cargando rollos en la cabina o, en los últimos años, agregando piezas de memoria informática al retroproyector. La película mantiene, más o menos, su tono equidistante, entre la emoción y el desprendimiento sentimental, acallando extrañamente las críticas que por rachas –según décadas y públicos– van surgiendo.

Nadie es tan cretino como para preguntar al transeúnte espectador de al lado la sustancia no visionada del argumento, pues todos sabemos que ni los perpetradores de colmos de visionado (un deprimido agente comercial de varios lustros atrás, con sesenta y cinco horas, o un deportista reciente cuya lesión apenas le dejaba dormir, con cerca de ochenta) podrían informarnos con exactitud de una temática o tan siquiera un afán. Entre los críticos profesionales, por otra parte, ninguno pasó de las dos horas.

De modo que la acción se sucede y todos sabemos que nos acompaña. Quién, en la rotura o en la desolación, no entró alguna vez en la sala, tan solo para contemplar quince o veinte minutos, como enganchado al declive de la banda sonora, o en un plano que prodiga hasta el detalle de las hormigas el paisaje. Quién, hundido o ya entregado a su destino, no ha dejado de fijarse alguna vez en el centro del plano para restregarse por las esquinas, cercanas ya al quicio columnario de la sala, y allí buscar los ojos de ese famoso personaje –sujeto frecuente de los cuentos de nuestros abuelos– que está buscando, sí, seguro, irremediablemente, los nuestros.

 

 

 

(c) félix molina, del texto y la ilustración, 2016
Nota: es el contema 13 de la segunda serie.

 

 

 

 

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