contema cuarenta y cuatro

arboltutelar

Ni la distancia ni el destino eran mi meta. Lo importante siempre fue resistir y acrecentar ese estado, esa progresiva superación, haciéndola coincidir con los minutos de mi vida. Podía empezar en una calle conocida del centro y acabar, primero, en los límites de la ciudad. A la semana siguiente, superar –con alguna inquietud– los arrabales, alternando ya el asfalto con el lomo polvoriento de los pequeños cerros, desde donde ya se oteaba el perfil extrañamente silencioso de los bloques de pisos.

Al cabo de un mes fácilmente podía superar las lindes ciudadanas y hundirme, sudoroso, en otra población. Entonces me encontraba con caras que, sin ubicarme, me admiraban y, alguna vez, menudearon el agua o alguna fruta, recién cogida de los campos circundantes.

En este trasiego yo era feliz por la legua recorrida y si me enquistaba la por venir lo era solo vinculada a la sombra de la desgana, del abandono, porque en cuanto ya se sentía –bajo el bazo, junto al costado ardiente– propicia, más que enemiga era gozosa compañía, exploración disfrutada, novedad hecha suela y planta de pie con arborescencias de futuro.

Luego de cada final, la boca de mi macuto engullía las ropas bordadas de sudor y, secreto, emprendía el camino de vuelta, antes de que la oscuridad me alcanzara –al principio de este rito la vuelta no era más que una parte del camino; en los últimos lances, recurría a un autobús, cuya parada venía a descubrir a la sombra de una calle vacía del pueblo recorrido por mi esfuerzo.

Aquella mañana, sin trabajo cotidiano, salí muy temprano del centro de siempre –era la salida familiar, ya añeja de mis pasos; hurgué en el cinturón externo de la ciudad, con los consabidos cruces de viandantes despistados, que ingresan como desde el desarraigo o la desgracia por costumbre; pasé junto a las caras lánguidas de los pastores desaforados, perpetuando el mito de su oficio; atravesé las últimas cordilleras de los pueblos y las aldeas aledañas, intrincándome en las llanuras desiertas; luego en los bosques.

Tras la última luz del sol, respirado por cada poro de la piel melosa y blanda, estaba mi cansancio. Me detuve. Cernido por la oscuridad, como filtrado por ella, me arrinconé en un brazo hospitalario del bosque, hermano de una acacia y un tronco aherrumbrado. Ya era demasiado tarde para volver.

 

(c) félix molina, del texto y la ilustración, 2016
Nota: es el contema 14 de la segunda serie.
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