S. A. C. R. E. D. | Ai Weiwei en La poética de la libertad

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Si disponéis entre hoy y mañana de unas horas no muy lejanas de la hermosamente colgada ciudad de Cuenca, esta entrada puede considerarse también una recomendación y vais a poder ser testigos o espectadores (o quizá ambos conceptos) de los 81 días de confinamiento del artista Ai Weiwei, del que ya dimos cuenta en esta nota primeriza de fm | al. En efecto, a través de una suerte de dioramas embutidos en cubículos que tienen como techo el de la gótica y bella catedral conquense, el artista / activista (él juzgaría como una redundancia emitir los dos términos) se las arregla para colocarnos delante, a la altura de nuestros ojos omniscientes y espías, un cuadro hiperrealista de sus prisiones, recreación detallada –cual en los horrores de un micromuseo de cera– de los interrogatorios, colaciones, lavatorios, defecaciones, paseos carcelarios y descanso encatrado del removedor de conciencias asiático.

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Este detalle implica los más trabados ingredientes del menú, la resina que parodia el chorro de la ducha o la suciedad que nada en la taza del retrete, para delicia también de los chiquillos que visitan cada uno de los episodios de la instalación, como si fuera un inopinado anticipo de los belenes navideños. El hombre (o los hombres: tan prisioneros parecen bajo el dios de nuestra mirada los inseparables carceleros) como pájaro enjaulado, como ave prisionera de su propia presa. La privación de la vida y de la libertad –a lo que yo añadiría para evitar reduccionismos o, mejor dicho, injusticias la del pan que nos alimenta y el techo que ha de cubrirnos– como sustancia que nos conduce a la reflexión o al desasosiego, sin más luz que la de nuestra propia contemplación.

Y todo ello sumergido, como en una ensoñación pétrea y a la vez marítima, en el precioso cofre catedralicio, que sirve también los manjares de un prólogo quijotesco a la instalación (aprovechando que fluye el río de los 400 años), en forma de proyecciones fantasmagóricas sobre lienzos, y una reducida pero efectiva muestra del informalismo hispano (me quedo con la Alfaguara 14 abajo reproducida, del siempre rotundo Martín Chirino ). Los postres o el digestivo licor resolí eran una visual desde un andamio anclado en las mismas entrañas de las bóvedas góticas y,  envuelto en la noche feliz de Cuenca, un mapping o proyección con el que propios y extraños pueden disfrutar de la destrucción figurada de la Catedral.

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Nota del blog: los ojos del nacido en octubre NO se olvidan –o se vuelven inexistentes, que diría él mismo. Ocurre simplemente que se acumulan los frutos de este noviembre primaveral, repleto de arte y literatura. Aparecerán.

 

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