Un festival de cine | Trece años ya

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Cartel del festival, de Mariajosé Gallardo

 

Este festival es cada vez más un encuentro, la vivienda puntual y cada vez más organizada de los cientos de películas que anidan, como aves en su migración, en este humedal de nueve días rebosantes de cine, de propuesta, de expresión.

Nos centramos este año en tres películas más marginales acaso, de esas que habitan las charcas laterales del pantano: el documental, la protesta, lo infantil. Quizá con el propósito de ver aletear también al cine en estos recovecos de su formato, allá donde parece (y solo es apariencia) más alejado de su hábitat expresivo.

Homo sapiens (Nikolaus Geyrhalter, 2016) es un retrato en negativo, labrado en su huella sobre lo natural y lo creado, del paso del ser humano por el decorado de su existencia. La referencia más infantil son aquellos dioramas impresos que se acompañaban con unas calcomanías para ser transferidas con la punta de un bolígrafo a la estampa de unos asolados paisajes (un desierto, una catedral, el campo de una batalla). Aquí nos encontramos con la vastedad, con la ruina de esos paisajes, entretenidos en el detalle de su desolación, que es, por supuesto, la nuestra.

Encuentro una referencia cinéfila en aquella soberbia Elephant  (Alan Clarke, 1989), donde el trasunto de nuestra derrota es el asesinato, pero el crimen –muchos y acaso ya el mismo– se repite en un figurado ad infinitum, animado únicamente por los detalles del escenario. Quizá es más adecuado el metraje de esta última cinta a los propósitos de la reiteración y el sofoco por la vía visual que propone Geyrhalter.

La mano invisible (David Macián y equipo, 2016) es cine de tesis, fabula adaptada de la novela de Isaac Rosa que nos sitúa como espectadores en segundo plano de una teatral puesta en escena: nada menos que el enjambre de la precariedad laboral, entretejido además con recursos de documentalismo (los primeros planos que simulan las entrevistas laborales de los protagonistas) y toques de “reality show”. La sensación, sin embargo, es la de que hay mucho cine en el hondón de esta película cooperativa y honesta, que me trae el recuerdo de los propósitos de aquella Dogville (2003) de Lars von Trier –aquí sin embargo me quedo con el metraje de Macián y su invisible mano.

Y entre todas las visualizadas me inclino –como el jurado que le ha concedido el Giraldillo Junior– por las Aves de paso (Les osieaux de passage, 2015) de Olivier Ringer –y  de sus dos niñas protagonistas, hay que decirlo–, que metaboliza, mediante el cuento o Bildungsroman (relato de aprendizaje) fílmico de un patito y sus dos pretendidas cuidadoras, las contradicciones de la sociedad y sus meandros (por cierto, bellísimos los de la fotografía de los humedales belgas). Un canto a la sencillez que se desprende de la natural (y por tanto madurada por el trabajo de los siglos) inexperiencia de la infancia, siempre lindero entre la poesía del mundo y su banalidad, entre la prisa y el desacato, entre el automóvil y el paseo.

Tanto el equipo de Macián –y él mismo– como el director de Aves de paso estuvieron presentes en la sala, para responder a las preguntas de sus agradablemente sorprendidos espectadores.

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Nota de script:
A la hora de redactar esta nota ya es público el palmarés del festival, que puede consultarse en:
http://festivalcinesevilla.eu/es/palmares-2016

 

 

 

 

 

 

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