contema cuarenta y cinco

dosdestinos

En un destino posible yo llego al mostrador, le entrego al funcionario el pasaporte antiguo y la foto para renovarlo. El funcionario mira a su compañero y giran gestos casi secretos, pero de aprobación. La foto lleva una barba borrosa y unos ojos oscuros y amenazantes, que hicieron dudar hasta a estos policías de oficina y sellos. La aprueban. Yo esa tarde salgo de la comisaría, como otro cualquiera, y me pierdo en los días y en las noches que me amanecen en un vagón al oriente de todo, en un país que desconozco y me desconoce.

Los guardias son rudos y los jueces implacables; mi administración es indolente –aunque discreta, como el día que emitió mi pasaporte– y yo muero, confundido con un terrorista y el amanecer de un prisión fría, encima de un monte. Mi mujer recibe un jirón de cenizas y los periódicos protestan, solemnemente, en un ceñido y duro castellano.

 

En el otro destino el policía y su compañero son unánimes: la foto no es adecuada; yo tengo que sobregastar en la expedición del pasaporte y sacarme una nueva, donde figuro con una barba y una mirada menos inquietantes; pierdo mi turno y tengo que esperar la infame cola de varias decenas de personas; llego devastado a casa.

Se repiten el mismo oriente y el tren, cuando pasan las noches siguientes, pero no acabo en una prisión, sino en la tienda de recuerdos, mientras una familia de dependientes me sonríe y me desea lo mejor. Aleteando, llego a mi país, donde luce –como siempre– el sol y, tras pisar su suelo firme y caliente, envuelto en dos alas como párrafos lucientes, llego por fin a casa, donde entrego a mi mujer una cajita finamente labrada, que huele a cedro y a especias y que, por esta vez, está vacía.

 

 

(c) félix molina, del texto y la ilustración, 2016
Nota: es el contema 15 de la segunda serie
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