contema cuarenta y ocho

desconcierto

Solo un ligero temblor pudo advertirlo, entre el compás doscientos quince y el doscientos treinta, pero entonces una coda animaba la obertura y la dejaba al cabo de una alegría inusitada, pero continuamente repetida, con directores suecos, eslovacos, birmanos, hasta chipriotas. La masa se acomodaba siempre –o en butacas mullidas, o en sillas enervantes, o en banquetas astilladas– y la música fluía, ese bálsamo seguro de todas las veces.

Convenientemente atados por la batuta, todos aterrizamos en el aria primera, compás casi trescientos, y, atenazados por la trama, entre histórica y sutilmente legendaria, atravesamos un río. Sin advertirlo.

Nos acunaron dos o tres interludios memorables, alguno de una belleza ya imborrable para el resto de nuestras vidas, y en el mismo fondo del primer acto –otra vez la alegría volátil, instalada en la hondura y al mismo tiempo en la piel, dispuesta para la coda y el platillo– un silencio extraño para quien hubiese escuchado la versión Celibidache, un silencio incómodo para quien disfrutó alguna vez de la de Klemperer, un silencio acusador para quien jamás se deshizo de los acordes de la que puso en pie Barenboim.

Pero la fluencia no tenía fin: el segundo acto ya era una constelación de nuestro propio transcurrir, súbditos de esa música nos instalamos definitivamente en su país y las notas nos proyectaron en el fraseo de cada intérprete, ya todos como definitivos, como acabados, como robados a nuestras vidas y hechos a las que se desenvolvían sobre el escenario, o mera tarima, o burdo escalón. Difícil reparar en el foso. En su ausencia.

Ahora que casi mediaba la escena más veloz, la más vibrante, acaso se advirtiera un sonido menor, más vago, más distante: al pie, antes de las trompas y del viento madera, una como oquedad, un agujero, la sombra entonces de un silencio.

Estaba allí, vuelto contra la viola, inerte, oscuramente desaparecido entre el arco y las cuerdas, que intactas acunaban la cerrazón de sus ojos. Se hizo la luz y la soprano –por una vez silente, envuelta en sus movimientos extrañamente descoordinados, ya por fin de regreso a nuestro mundo eternamente fallido– apenas pudo ver, entre tanto portador, cómo se lo llevaban.

 

(c) félix molina, del texto y la ilustración, 2016
Nota: es el contema 18 de la segunda serie

 

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