contema cincuenta y uno

Lo noté porque quise apagar el despertador y fue tu mano, al final de tu brazo, la que obturó el dispositivo, junto a la mía. Luego, extrañamente aceptada, siguió la rutina de la mañana, ejecutada doblemente, porque tus manos también ataban mis zapatos cuando yo me los ataba o, raudamente, nos afeitábamos frente al mismo espejo. El egreso, en la calle aún vacía, no nos delató y subimos, no sin dificultad, a la misma bicicleta. El río nos reflejaba, dobles, replicándonos sin solución de continuidad, apenas podía advertirse donde tú acababas en mí o yo en ti. Trascurríamos contemplativos pero preocupados por nuestro ingreso en el puesto de trabajo.

Los compañeros –discretos– callaron, no se sabe si asustados o divertidos. La norma aquí fue el silencio del jefe, que calló, quién sabe si entretenido en la idea de que juntos seríamos más productivos. Trascurridas unas siete horas, la calle nos esperaba, más poblada.

A lo mejor la población lo achacaba a una moda conyugal o a un engañabobos ocultamente retransmitido, pero nadie nos reprochó nuestra coyuntura. A veces me giraba y estabas ahí, lo mismo que tú me encontrabas siempre aquí, sin falta. La incomodidad de algunos gestos se apaciguó con la facilidad de otros, en una suerte de mecanismo compensatorio que pronto empezamos a comprender. La biología empezó, con los meses, a ejecutar actos dobles con la simpleza que ya éramos a los ojos de todos.

No hace falta decir que prescindimos de cualquier diálogo, porque una inteligencia también común empezó a completar las preguntas y respuestas dentro de nosotros mismos, sin dejar espacio para la duda o el resquemor.

Ocupar el espacio que compartíamos –como todo– en el lecho se seguía alguna vez del temor de despertarnos otra vez separados, dos, pero la ilusión de un mismo sueño nos volvía a unir por otras siete horas, hasta que la orilla del despertar nos volvía a hallar simplificados, por así decir, en el alma y en la materia.

Sonó el teléfono. La alegría de contar con unos padres todavía vivos –los de ella y los míos, los nuestros– se cimbreó con la zozobra de esta llamada. Qué fácilmente se aceptaba un destino cómodo, doble y ya simple como el nuestro, y qué difícil aceptar otros…

En el auricular pudimos escuchar que todos nuestros padres, los tuyos y los míos, juntos también, querían vernos. Era urgente.

 

 

(c) félix molina, del texto y la ilustración, 2016
Nota: es el contema 21 de la segunda serie.
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