contema cincuenta y tres

La mugre y las cervezas no le asustan. Sinuoso, se arrastra por el mundo con el simple afán de aprovisionarse: la justa y grasienta comida y el líquido dorado. Hace unos años el trabajo y una familia lo asentaron en el mundo y sus días constaban de una actividad, casi de un sentido. Ahora todo se va llenando del vacío, como del aire que un inflador depositase en cada recuerdo, hasta llenarlo para nada.

Ya el pijama no le abandona, astroso, reincidente hasta la náusea. Lleva manchas históricas, que coinciden con un mínimo hálito de vida –el estornudo que precedió a un último beso, la lucerna impregnada de un plato que alguien que le quiso le preparó, la mueca de hollín de un niño querido, el ámbar de algo que brillaba y se limpió precisamente ahí.

El mando, hoz prodigiosa, rimada con el paso de una imagen a otra, ya apenas acciona nada más que el reproductor. Se quedó como atrapado en esa actividad, prótesis del recuerdo, archivo, silo, ruina tal vez.

Hay como un canto universal, enhebrado de silencios, cada vez que se sienta y es la silueta de un hombre, atravesada de rayas cenicientas, desgreñada, la que, agarrada al mando, se sumerge en algo que le va iluminando el rostro. Se diría que la vida, como una mariposa de un neón macilento pero ilustrador, inútil pero arrebatado aún, se posa por un momento en esa faz que parece sonreír.

Ahora es él mismo el que se impone silencio. Un silencio interior, que lo que busca es acallar los pocos pensamientos que disturben la contemplación. El presentador ya ha salido, al escenario donde el cartón piedra simula los números y las letras. Se acerca, le da la mano e invoca, para todo el público (se supone que el del plató y el de la audiencia externa, presente, futura como la de ahora, como la de él), su nombre, con la algarada posterior. Aplausos. Toses.

Las últimas preguntas preceden a la última y ya final. Se enciende, justo detrás de él, ahora, en el ahora de entonces, un neón robado a la impaciencia, con números amarillos que figuran una gran cantidad. Hay que dar la respuesta. La última. Y la da. La dio entonces y la da ahora, sin derramar apenas una gota de la cerveza que seguía fluyendo hacia el esbozo de una sonrisa, manantial agotado. Ríe, finalmente.

Fuera todo se sigue sucediendo.

 

(c) félix molina, del texto y Humberto, de la ilustración, 2016
Nota: es el contema 23 de la segunda serie.

 

Anuncios