contema cincuenta y cinco

Primera jornada. Hoy me traslado. Es un simple recorrido, el que media de nuestra casa a esa pensión, en la calle paralela a esta, la que preside una plaza y un mínimo parque infantil. Me despido de vosotros, que ni imagináis mi cercanía. Es un camino corto pero llego cansado. Desde el reducido balcón se divisan, junto a la esquina, vuestras piernas, recortadas contra la señal de ceda el paso. No hago nada. Duermo.

Segunda jornada. Arranca en la necesidad de hacer algo, ese algo urgente y rumoroso, en este espacio limitado y ajeno, a pesar de la mucha proximidad a ese otro, que imagino poblado y cálido, usual, amigo. Emborrono bosquejos que no me convencen. Los transformo en proyectiles de papel, contra el rincón desnudo, insufrible. Hay una zona del día apenas vosotros, casi vosotros, aproximadamente vosotros cuando tú cruzas la plaza y él, nuestro hijo, te persigue, con esas rozadas y recientes perneras de algodón, que todavía recuerdo sobre mis hombros. Lo intento, pero es otro borrón, sumado a los demás.

Tercera jornada. Hoy os dibujé, pero luego la plaza y el mínimo parque infantil se poblaron de otras figuras, distantes, opacas. Acometí el aislaros, siquiera en la secuencia de una historieta, pero el trazo era infame, presuroso. Luego él se elevó hacia la cima del columpio, como dispuesto para la caída, pero como auxiliado por esta exigua lejanía, venciendo a la gravedad y el caos de estar, por un momento, solo. Apareces y es para mirar al cielo. Luego bajas la vista para enredarla en la fachada cenicienta de la pensión y me aparto del balcón como la paloma que huye. El día termina, pronto.

Cuarta jornada. Me atrevo entonces al escorzo, a la iluminación de la escultura: me entrego al relieve y las coyunturas. Para soñarlos imposibles. Nuevamente pasáis, por debajo de este balcón que empieza a ser mío, como mi soledad y mi empeño. Derribo la estatua que ibais formando, junto al mazo y los escasos alimentos de estas horas, sobras que se diluyen en las sombras, como en un oscuro oleaje. La cama, siempre deshecha, me recibe como un cuerpo sin materia, un fantasma por poco, una tinaja de vacío. Imagino, en el sueño, las líneas que van pergeñando vuestro recuerdo. Me pienso ya triunfador de vuestra esencia. Pero despierto.

Quinta jornada. Una mujer y un hombre apuraban el paraíso escueto de su café cuando aparecisteis. Quise moldearos en un pentagrama, al menos, pero me faltaban las notas para definiros, un tema y otro fugándose por la esquina de la plaza, mientras alguien se rebajaba a recoger el vuelto escuálido y las palomas, las verdaderas palomas, garabateaban entre las hojas caídas el minuto, la hora. La distancia apareció entonces, rotunda en su manifestación, soberbia como un ángel que nos rozara, a ellos y a mí, con unas alas nuevas, vivas y certeras.

Sexta jornada. Pensé en una cámara, primero como fotografía, luego como fotograma. Accioné la que llevaba en el macuto de mi desazón, buscando un ángulo que os retratara. Tengo conmigo, en un archivo sin nombre, una colección plegada de movimientos vuestros, entradas y salidas de esta plaza donde la vida se sucede, apadrinada por el sol y amadrinada por la luna. Revuelvo entre los planos sembrados de grafiti y la decadencia de la luz en tus zapatos de niño, me enredo en vuestras manos unidas, abandonando la escena.

Séptima jornada. Vuelvo a casa. Termino esta prosa que no acaba jamás en poema y regreso. Es todo mi descanso.

 

(c) félix molina, del texto y la ilustración, 2016
Nota: es el contema 25 de la segunda serie.

 

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