Las flores del Calendario fm | al

Raymond Carver aterrizó en el aeropuerto de Simferópol y se tomó un café cargado. Su vagabundeo – tras el trolebús que le llevó a Yalta– por las vegetales y ampulosas calles de la ciudad costera, apenas fue advertido: era un tipo sigiloso y su equipaje, mínimo, no aumentaba el bulto de su persona. En el modesto hotel no le dieron la habitación de su preferencia pero sí pistas certeras sobre lo que buscaba en la ciudad.

Antón Chéjov apenas abandonó el expreso que lo trajo desde su dacha, remiso pero impaciente, e ingresó en las escaleras del barco que zarpaba a Washington. La barahúnda no le permitía llevar su maleta y algunas pertenencias como él deseaba, pero se aprovechó de las idas y venidas de un mozo para que le cargara el equipaje y un hato de libros rugosos.

Carver no bebía, por aquel tiempo, pero la tarde, casi la noche, lo extenuó, entre gaviotas y pesarosas vistas de un mar lejano, hasta que dio con la casa museo. Impostada en su caliza blanca, sus puertas apenas proyectaban nada hacia el exterior. Hubo que esperar a la llegada de lo oscuro para penetrar sus arrugadas paredes, sin que lo advirtieran los desazonados guardias. Ya estaba dentro.

Chéjov desembarcó buscando un punto que no encontraba en el horizonte. Algo que llevaba preguntándose y apenas se decía, mientras lo dirigían hacia los toscos hoteles tachonados de tablones, sin tiempo para ponerse sus anteojos. Lo difícil no era saber qué hacía allí, sino qué haría. Eran malos tiempos, ahora que la tuberculosis arreciaba, para tan extremado viaje.

Carver, sin hacer ruido alguno, se condujo hasta las estancias más profundas de la casa. Los objetos, silenciosos también, como expectantes, parecían descargar sobre él el ansia de las visitas diurnas. En algo que parecía un canapé, incómodo y afelpado, halló descanso. Pese a lo inconveniente del momento y la distante prohibición de un médico, fumó.

Atemorizado, Antón Chéjov apenas se apartó de las callejas que el gas bendecía como más luminosas. Los visillos de las ventanas dejaban ver rostros de una elegancia amenazante. Al final de una como avenida paró a un hombre demacrado que inquietaba el portante de un coche de caballos. Luego le entregó un trozo de papel donde había anotado la extraña dirección: Port Angeles.

Raymond Carver fumó, agotando todas sus reservas de tabaco, hasta las primeras horas de una mañana gris perla, acurrucado en el mueble, en un escorzo casi imposible.

Antón Chéjov atravesó Port Angeles entre la indiferencia y el miedo. Hasta que la lluvia, y después la nieve, cortaron la senda a los caballos furiosos. El coche se detuvo. Dejó caer sus escuálidas lentes.

Carver se desperezó, mirando todo el tiempo hacia el exterior de la casa museo. No le interesaban ahora, ni mínimamente, los aparejos de escritura del antiguo escritor ruso. Fuera, nevaba.

Solo entonces cerró los ojos.

 

Nota floral:

Viene este texto, tomado de Sagradas escrituras, a ser flor y testimonio de ese imán que Roberto Bolaño trazara entre estos dos cuentistas. Lo absurdo de las latitudes, para cada cual, y de los propósitos no enmascara el acercamiento de los dos grandes (y mínimos a la vez) continentes de prosa, entreverando las vidas y las muertes de sus autores. Carver conoce el universo de Chéjov (le dedicó de hecho el tenebrista cuento Tres rosas amarillas) y su aventura es más bien sensación; Chéjov no puede sino desconocer a Carver y su exploración es puro presentimiento.

 

(c) félix molina, del texto de (c) Sagradas escrituras y las ilustraciones, 2017
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