contema cincuenta y ocho

Pudiera ser un jueves, pudiera ser un parque, pudiera ser un hombre, apenas apoyado sobre un banco. Mira al horizonte, entre el árbol y una reja, que tabula los salpicados automóviles. Parece que meditara pero no, sus ojos están primero fijos, luego vidriosos, luego secos –es solo un inconveniente del sistema.

Ni ve ni mira. Ni oye ni escucha. No habla. Sus piernas cruzadas, su porte erguido, su edad evocan al insólito campesino de Cézanne, al punto que añoramos en su estampa de hombre tranquilo el canotier difuso que no porta, la pincelada de azul índigo que no lleva su indumentaria, el tono que lo eleva sobre todo: el paisaje y los seres que pululan en torno.

Su ser es interior, ahora. Hay como la mueca de un dolor que se dibuja en la sonrisa borrada y el aura de una luz que parece el escombro de un sol. El silencio está lleno, por un momento, de oscuros mugidos de eternidad, ungido de las interminables horas por vivir. Sí: un hombre así es eterno, con un mantenimiento mínimo, rápido, eficaz.

De repente, un ruido que simula una feroz bocina, la sirena inclemente de una fábrica interna. Pasan efigies de niño que ríen, ante la circunstancia sonora. Se avecina la máquina. Surge el mecanismo, el muelle que es la sustancia del hombre en medio de un banco, en medio de un parque, en medio de una semana cualquiera, perdida entre los siglos.

El hombre mira abajo, en algún lugar que tapona su vientre. Desconecta. Concluido el proceso, repuesto ya el sistema, el hombre ahora sonríe a una efigie de mujer. Una nube de paso los oculta a todos, los confunde. Queda un cable sumido entre la hierba artificial, un aguijón bastante, discreto, disponible.

 

(c) félix molina, del texto, y Humberto, de la ilustración, 2016
Nota: es el contema 28 de la segunda serie.
El próximo 15 de junio, con la publicación de algo menos, finaliza esta segunda serie de contemas.
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