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Raymond Carver | n. 25.05.1938

La pretensión formal del minimalismo y una suerte de predilección por temas oscuramente cotidianos (el morbo generado por la visita de un invidente, la euforia de invadir la casa del vecino en su ausencia y con su permiso…) sazonan cada uno de los cuentos de Raymond Carver. El formato elige la forma y ambos eligen a su autor. Carver gustaba de alinear una a una (así lo explica en uno de sus textos sobre su propia escritura) las frases de sus cuentos, como si fueran destemplados versos de un poema, y el cuentista encontró en este mecanismo de expresión la horma adecuada para volcar su visión de la vida y su modo de contarla.

Bolaño lo comparó a Chéjov, quizá, más que nada, por la excelencia de ambos y por esa adhesión inequívoca al cuento: también el ruso se sintió cómodo con esta forma desde que en su juventud empezara a producirlos como churros para las revistas estudiantiles. Y es que el propio Carver confraternizó con Chéjov en un cuentito algo frío (como las irónicas piezas de Satie) que le dedicó, Tres rosas amarillas –y yo le dedico a los dos, con la misma gélida ironía, la flor que antecede a esta hoja del calendario.

Con el tiempo, y dado el capricho habitual de la crítica por apandillar a sus autores de culto, la tendencia o corriente de Carver acabó confundida (en el sentido de dispersa) en el río revuelto del realismo sucio (dirty realism), en un saco que alcanza desde el huidizo Salinger hasta David Foster Wallace, si llega el caso (y en España a autores como Ray Loriga, por ejemplo), sin que se sepa a ciencia cierta el cómputo exacto de pescadores que han rendido ganancia de tal clasificación.

Nunca acabo de leer y releer estos cuentos, pero la sorpresa es que, entre la inmundicia de sus líneas, con sardinas de varios días apiladas como versos, cada vez distingo más rasgos de una humanidad sorprendida en paños menores: el ciego de Catedral me descubre a su prepotente interlocutor, al que no quiere verlo. Los enojantes exploradores de Vecinos (una suerte de Casa tomada al revés) nos echan a la cara eso de la vida-vivida-sin-tormento-de-los-otros, simplemente porque no es la nuestra… Y en todos ellos vengo a adivinar –no sé por qué, Roberto Bolaño –, con cierto amargor pero también con cierta ternura, ese agrio, duro, pegajoso caramelo de la existencia mascado por otras fauces.

 

Nota limpia:
Anagrama ha tenido a bien editar no hace mucho una compilación de todos los cuentos (sucios o no) de Carver en el tomito cuya imagen aparece al margen.
Ignoro –pero bendigo – la ocasión que motiva a la BBC  a tan exhaustivo documental biográfico sobre Carver:
Carver en la BBC
Más modesta, pero atinadamente una emisora local española dedica este comentario al autor:
Carver en Café con libros
Resulta clarificador (e incluso desinfectante) este fragmento de Carver, muy bien traducido y leído por cierto:
El don de la ternura
Los cuentos de Carver han generado algunas secuencias fílmicas, entre ellas películas como la celebrada  Short Cuts (Vidas cruzadas, 1993) de Robert Altman:

 

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