El otro lado de la esperanza | Aki Kaurismäki

Bien sabemos por este minuto de la historia del mundo –vale decir que por cualquiera, y en cualquier época– que cuando una idea está supeditada a la (re)conquista, a la invasión, a la destrucción del otro, ya no es tal idea sino un arma, no importa que su forma sea la de la furgoneta o el fusil. La eliminación es siempre la meta del que toma el atajo de la muerte para defender lo indefendible.

Digo esto porque el paso de los meses nos ha dado la oportunidad a Ofelia y a mí de nutrirnos dos veces de los bellos tonos pastel y las melodías afines de Kaurismäki con este El otro lado de la esperanza que nos entregó a principios de año. La primera vez la disfrutamos en una sala de invierno, cubierta. La segunda hemos podido verla al raso, con el único techo de las estrellas y una amenaza de lluvia que si hubiera llegado casi que hubiese completado aún más la belleza del espectáculo –después siempre estarán las toallas para secarse…

Y nos sorprendió, sobre todo en la sesión de verano, la recepción de la película, un canto a la universalidad de la ayuda entre seres de un mismo mundo, a la solidaridad entendida en lo que se derrama sobre las pequeñas cosas: una sopa que se ofrece tras el simulacro de una pelea, un viejo anillo que, a pesar de todo, se sigue conservando, el lametón de un perro que nos sigue atando, inexplicablemente, a la vida. Butacas (sillas más bien, en este verano) que reían o lamentaban. Que temían al ataque xenófobo o se alegraban, simplemente, de la humanidad y su trasiego.

Después de la anterior genialidad de Le Havre, parodia preciosa del cine negro que eleva un puerto a la categoría de metáfora del destino, el director elige en esta película un marcado tono de comedia, con aspavientos casi de cine mudo (el mal cocinero envuelto en las telarañas de su inactividad, los constantes giros culinarios del negocio que salva al protagonista…). Comicidad que no desdeña una crítica abierta a la hipocresía, desde el mismo montaje: en un plano niegan al protagonista el asilo por no considerarlo necesario; en otro la televisión local declara la catástrofe definitiva de su país.

Y ello –como el camionero que hacia el final no requiere cantidad alguna por su hermosa carga–  sin cobrarnos el peaje de lo gratuitamente sentimental, de lo concedido a la lágrima por la lágrima, con todo lo que está –cada día y cada noche, una hora sí y otra también– cayendo. Y  es que muchas veces, por no decir casi todas, cuando en Kaurismäki no hay genio, siempre queda, como mano tendida, sin proclamas ni pasaportes, la honestidad.