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The last family | Jan Matuszynski, 2016

Nos convencieron de que una serie de fechas, colmatadas con el plano largo, detenido, artificialmente enlentecido de una obra, rematadas con una musiquita para el caso, representaban la vida de un artista y ahora vienen Jan Matuszynski, director, y Robert Bolesto, guionista, y nos dicen, entonando a dúo al lúcido Gil de Biedma que no, que la vida iba en serio. Aunque hayamos tardado en comprenderlo.

The last family dinamita desde dentro el biopic: no hay picos de banda sonora que rematen la genialidad (aunque circulen como-pedro-por-su-casa Mahler o Beethoven o Yazoo), no hay palabras de genio para engastarlas aunque sea con circonita (por mucho que el pintor Beksiński diga dos o tres verdades a lo largo de la película), no hay ni siquiera drama, aunque sí tres o cuatro muertos y hasta algún asesinato en la cinta.

Sí hay la agonía de un grupo de polacos, casualmente una familia, en medio de una urbanización claustrofóbica (¿homenaje a aquella de “No amarás” de Kieslowski en su magistral Decálogo, poblada de prismáticos y de voyeurs?), hay la locura y la muerte de vivir cada día con las migajas de la vejez y el desatino, hay la peripecia de un friki ochentero (el hijo del pintor, pionero de nuestros circos mediáticos) que nos retrata la inicial singladura del imperio del Oeste en el Este, hay como una pequeña historia de la grabación en dispositivos, de la ergonomía de los terminales telefónicos… y como de paso, de puntillas, como aquel Antonio López que genialmente se interpretaba a sí mismo en El sol del membrillo, la vida, sí, la verdadera vida de Zdzisław Beksiński, el surrealista que exorcizó con sus cuadros la tragedia polaca.

El pintor y su biógrafo (con bigote), arriba en la vida y abajo en la ficción

 

Y hay también, y sobre todo, muchísimo cine en poco más de dos horas de un metraje que se vuelve aceradamente minimalista conforme se aproxima a su devastadora desembocadura –me llega aquí el recuerdo a la secuencia de crímenes de Elephant (1989), aquella explosiva peliculita para televisión de Alan Clarke, de similar mecánica y lenguaje fílmico, en la que Gus Van Sant fundara su largometraje–.

De pequeño me apilaba en el sillón, no sé si los viernes o los sábados, para no perderme el altar seriado que la televisión le montaba a mi admirado, a mi queridísimo Verdi  –al menos hasta que descubrí a Wagner, que bajó un listoncito mi afecto por el lirismo musical…–. Ahí, en el trasiego entre Busseto y Milán, un Ronald Pickup soberbiamente disfrazado del compositor  –ya no fue otra cosa para mí, y creo que tampoco para el cine o la televisión– representaba al músico, por encima del bien y del mal de la vida, de los decesos y fracasos ajenos que “misteriosamente” iban alzando su figura hasta elevarla en todos los palcos, incluso en todos los balcones patrios, por mor de una música arrastrante y una coincidencia onomástica, más bien del anagrama políticamente acariciado de su apellido. Aquello era un biopic.

Unas cuantas décadas después –aunque siga abrazando a Wagner, pero también a Satie– me quedo con esta historia turbia pero honesta, emocionante en su sinceridad, fría hasta el sentimiento. Y vuelvo, irremediablemente, a Jaime Gil de Biedma. Y regreso, necesariamente, al mismo poema: envejecer, morir, / es el único argumento de la obra…

La última obra de Beksínski, sin título, como todas las suyas

 

Nota desencantada:
Aunque lastrada, a mi juicio, por el género documental, Jaime Chávarri ya intentó una primera acometida contra el género biográfico familiar con El desencanto (1976) , magistral alegato contra / a favor de la saga literaria de los Panero.

 

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