Mis relatos favoritos

“Comedia del horror en Francia”, en Sepulcros de vaqueros | Roberto Bolaño, 2003, pub. 2017

Tres destinos, 1956, Remedios Varo

 

Emerjo una vez más de la costra diaria de lodo –de este que no viene de lluvia alguna, de este que se alimenta de pozos y muertes injustas– y viene a rescatarme (otra vez más) Roberto Bolaño. A alguien se le ocurrió publicar muy recientemente unos inéditos del autor de Los detectives salvajes bajo el título poco hospitalario de Sepulcros de vaqueros y yo le debo la lectura de uno de los relatos que más me han emocionado en los últimos tiempos (de hecho, reparo en que este es uno de los pocos relatos de esta sección favorita que no he releído todavía, de tan nuevo que es para mí).

Ignoro si “Comedia del horror en Francia” debió de formar parte de algún otro ingenio de Bolaño, pero como esté rincón debe más al lector que al filólogo, o incluso al crítico literario, yo he disfrutado este cuento extenso como algo único, rotundo, bellamente circular. Como en las piezas más bailables de Offenbach (sí, esa que estás pensando, la que casi viralizó Benigni en su fábula del niño y los asesinos), el relato se inicia con un trémolo casi silencioso que desemboca en una alucinatoria toma coral, trufada de poetas, parejas extrañas y un eclipse. Luego queda el hilillo ambulante del narrador, caminando por un vergel tropical, digno del aduanero Rousseau . Y en el centro de todo está la desopilante y primorosa llamada telefónica recibida en una cabina por el protagonista (aunque el protagonista verdadero del cuento es la imaginación, la frescura, el veneno creativo puesto en todas las cosas, vueltas oro del bueno a través de la magia.)

Como en un carrusel se sucede una trama que teje una galería subterránea (literalmente hablando) de artistas surrealistas liderada por Breton, una madeja de años y geniales despropósitos condensada en unas cuantas páginas, un comité (también es literal) de viudas de estos creadores dispuesto a que no cesen ni la locura ni el sueño de la razón. Son solo unos párrafos, pero termina uno viviendo en esas alcantarillas de la jovialidad creadora, dulcemente arrebatado del lodazal cotidiano, de la usura telediaria del asesinato sin resistencia, sin llanto, casi sin perdón.

Sunflower eclipse, Rob Gonsalves

 

Al final, tras la eclosión y el agudo de las voces, se vuelve otra vez al trasegar recogido del inicio del cuento, con un barrido muy  visual del paraje, ocupado ahora por la perplejidad de una enceguecida pareja. Se tuvo que hacer la sombra, parece decirnos un incipiente pero convincente Bolaño, para que se haga la luz.

Y es que con delicias como “Comedia del horror en Francia”, la vida, sí, puede ser casi bella.

 

Nota fragmentaria:
La materia del relato se origina en la escritura de uno de los artículos de Entre paréntesis, «Conjeturas sobre una frase de Breton», una sección de la que después se recopilarían parte de los ensayos de Roberto Bolaño.
El cuento se publica (creo que por vez primera) en el volumen Sepulcros de vaqueros, de Alfaguara. Es un libro (todavía) reciente y algo costoso, al menos relativamente –los libreros tienen que vivir –. Pero se puede encontrar ya en las bibliotecas públicas.
La edición nos proporciona  también el encuentro con la escritura manu o mecanoescrita de Bolaño, pues incluye fotografías de los textos que originan este cuento (la que se reproduce abajo es de un apunte del cuento, bosquejado en un sobre con ventanilla).
No solo eso. El aparataje crítico incluye la génesis de su archivo electrónico, tal y como lo guardó el autor (y yo casi me lo imagino con sus gafas redondas y algún cigarrillo generando la carpeta que lo contiene):

 

El texto completo de esta narración se localizó en un archivo con nombre FRANCIA.doc en el disco duro del ordenador de Roberto Bolaño. Existe además una copia de seguridad del mismo, guardada por el autor en un disquete de 3½ con el título Arch: Francia, Comedia del horror de Francia.

 

Parece (pongámonos filólogos) que su redacción es del mismo periodo que la póstuma y monumental 2666, coincidente con la desaparición de esta vida de Bolaño. Siendo el autor un amante del fragmento, no creo que la consideración de borrador, apunte o cualquier otra denominación de lo incipiente tuviera para él desdoro alguno. Para mí “Comedia del horror en Francia” será siempre un relato acabado, al que volveré cuando quiera huir del horror y las miserias acostumbradas que nos proporciona el diario y procurarme momentos tan placenteros como este: