contema sesenta y tres

Lamentamos hondamente la muerte de la criatura del Dr. Frankenstein, hallada entre las ruinas de un molino viejo. No entramos en el desenlace de la supuesta malevolencia de la criatura, ni siquiera en la brutalidad de su trasiego por el mundo. La criatura del Doctor no ha conocido otra cosa en el periodo de su breve y segunda vida –puro deceso– que la amargura de su condenado apartamiento de la comunidad de hombres y mujeres.

En cualquier lugar solo se le vio caminando solo, arrastrando los pies entre la denotación y el desencanto, hundiéndose entre el rumor y el odio. Que muchos lo hallaran un símbolo del mal no es más que un supuesto. Obró desde la fuerza que le llegaba de las piernas y los brazos, ajenos pero extrañamente suyos, y así fue entregando su renovada energía a cambio de una sonrisa, acaso de una voz amiga, sin percatarse del estrago.

Si sumergió inopinadamente a una niña, si dio a las llamas y a la destrucción la sombra misma de sus suelas ello se debe a la fuerza más que a la maldad: en ningún sitio del hondón de su alma, o lo que fuese, se ha podido encontrar una brizna de malquerer, un asomo de ira.

Sentimos que la comunidad no acompañe con su pesar el nuestro por este segundo regreso a la muerte de la criatura. No deseamos que la derrota por fin de un molino de viento, que el ocaso definitivo de unos cuantos sacos de harina arruinados, que el quiebro otra vez de unos odres sin sustancia sepulten en la animadversión eterna este nuevo hallazgo del sueño, de la vida.

 

© félix molina y humberto, 2018, del texto y la ilustración

 

Nota: se trata del contema tres de la tercera serie.

 

 

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