contema sesenta y cinco

¿Recuerdas? Nuestra casa era la única encendida. Se oían las bombas. Lejanas. Difusas. Exactas. Se escuchaban, como una música que envolvía nuestros pasos: los coreografiaba casi. Pero la seguridad se volvía cuenco bajo los labios, menuda y húmeda como el alimento.

Es extraño el silencio, embovedando los restos de muro, de puertas, de ventanas; no se oyen gritos ya en este vecindario. Tranquilo, se apresura en briznas que se suspenden en el aire: ausencia de susurros, ausencia de voces que maldicen, que cantan, de los jadeos de la agonía. El silencio.

Cuesta acostumbrarse a los días, y es peor en las noches. Los aviones transcurren entre las estrellas, ya no siembran su carga en este barrio, vuelan sobre su humanidad callada o amordazada, se regocijan en la paz inerme de sus plazas deshechas y sus nuevos baldíos.

No hay nadie. Hay nadie. No se cruzan los rostros, pero desfilan, mudos y extensos, prolongando avenidas y coronando pináculos despeinados por la metralla. Rodean la simiente oscura de los jardines y penetran en las bibliotecas de libros desatendidos bajo las mesas, entre los anaqueles.

He encontrado nuestros cuerpos detrás de los muebles que tanto te gustaban, ahora que medio despierto en esta eternidad sigilosa. Siguen pasando, una y otra vez, inútilmente. Siguen volando. Ahora que todo lo demás se destiñe, se ceba.

 

© félix molina, 2018, del texto y la ilustración

 

Nota: se trata del contema cinco de la tercera serie.

 

 

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