contema sesenta y seis

Del contabilizador no sabemos ni su nombre, ni su domicilio, ni su rostro. Ni quién lo designó. Ni quién designó al que lo designó. Pero él conoce hasta tus apellidos, dónde vives, cómo te reflejas en un espejo.

El contabilizador sabe además el número exacto de las pastillas de que constará finalmente tu tratamiento, el número de veces que abrirás o cerrarás la puerta de tu cuarto, la cuenta final de tus bocadillos de ensaladilla rusa. Esos que tanto te gustan.

No le hace falta la cifra de tus pasos o de tus besos. Le basta para manejar la hoguera de tus días con los rescoldos del número definitivo de tus relecturas de Todos los fuegos el fuego, o El corazón es un cazador solitario, o tus reaudiciones de la Sinfonía concertante K. 364, o tus revisiones de Madadayo.

Como del contabilizador no sabemos su rostro, ni dónde vive, ni cómo se llama, es mejor que no mires, que no visites, que no invoques a quien no conoces. Porque te puede musitar, en un rincón puede que oscuro, puede que resplandeciente (la esquina del parque aquel, la terraza de aquel mirador), treintaicinco, cincuenta, doscientos quince. Y entonces ya sabrás la medida precisa y el contorno del fin, la resolución de lo sucesivo, la horma impensada del ocaso.

 

© félix molina, 2018, del texto y la ilustración, sobre un artefacto hallado en la librería Quilombo

 

Nota: se trata del contema seis de la tercera serie.

 

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