contema sesenta y nueve

El hombre del marco ha fallecido esta mañana. En sus últimos años seguía dedicado a la pesca, como atestiguaba su retrato de mil novecientos noventa y seis, utilizado para el marco 13 x 18 del Bazar X. También lo han podido ver entregado a manualidades, apenas una mancha tras sus lentes gruesas y un primer plano de manzanas danesas, en la foto de un marco encimero de la Tienda Y. Es el mismo que, marinero, limpia sepias en un barco bellamente expuesto en su fluvial miseria dentro de un portarretratos triple para mesilla de noche, custodiado por una niñita que se pierde en un campo de mieses y una mujer, casi un camafeo, que se mira las manos. Ese que duerme en la sección de marquetería de los Grandes Almacenes Z.

El hombre del marco casi que no recuerda sus años de aparador reseco, domeñando una vaca, enlentecido en una estepa levemente insinuada a la altura de su hombro. La vida tuvo tiempo de depararle una existencia más acompañada, primero junto a una joven que le asía de la mano en unos fiordos, luego con esa misma mujer, ya unida para siempre a él en los retratos, esquilando ovejas de una lana gris, reposando los dos en unas sillas artesanas de madera, junto a un tendedero en el declive de una colina, aupándose para recoger unas uvas o los restos de una cometa.

Nadie sabe su nombre, su país. Nadie sabe si existió realmente o si fue quizá la determinada pigmentación de un dispositivo fotográfico, el modo en que una cámara cuajó en el tiempo su levadura mundana de apariencia, ese adorno tan funcional para que una filigrana de alabastro, de madera o de estuco no nos muestre, en el centro del marco, la nada que nos vende.

 

 

© félix molina, 2018, del texto.
Nota: se trata del contema nueve de la tercera serie.
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