fm|al en el 15 Festival de Sevilla

 

Tiempo después y La casa de Jack | José Luis Cuerda y Lars von Trier, 2018

Se despedía este año el Festival, tras los aciertos y esperanzas que cada año trae Cienfuegos y su equipo, con dos películas que contraponen formas distintas de percibir (y hacer perceptible: eso es lo difícil) el humor. Eso que en España, acaso equivocadamente, vendemos más que importamos. El propio Festival estuvo jalonado por las singladuras memorables de la retrospectiva dedicada a Roy Andersson, y esa es quizás una de las vetas humorísticas más merecedoras de ser importadas, la del humor absurdo, filosófico a base de estúpido, delirante a fuerza de razonable (y entonces ¿por qué absurdo?, se pregunta uno).

tiempodespues

Pero apareció Cuerda. La risa de José Luis tiene desde Amanece que no es poco (todavía me carcajeo porque hay quien se reía con lo de Faulkner antes de leerlo) un tono diáfanamente blanco, de esa blancura, a lo mejor, de un Jardiel Poncela (en lo verbal) o un Jacques Tati (en lo gestual y visual). En la quijotesca  Tiempo después  es verdad que ese tono se tiñe ligera y oportunamente con la reivindicación de la trama, siempre delgada en las dos películas. Al final se queda uno con la sensación agradable de una jocosa celebración de la libertad y la justicia (no está mal que, después de tanto atropello de ambas, les saquemos unas risas). Y momentos que se van a recordar, como las escenas con fantasma, la interpretación del barbero de Arturo Valls, el trabajazo en la fotografía y lo visual (está por ahí Pau Esteve Birba), haciéndonos imaginable el edificio central (y único) de la película, y cierto chiste fácil –no por muy esperado menos sorpresivo— del genial Manolo Solo que hizo tronar al Teatro Lope de Vega. No la destriparé más.

Para destripar, en todo caso, está el personaje de Lars von Trier en La casa de Jack (The house that Jack built). Un grotesco y obsesivo matarife de seres humanos, que se pasea por la película con el desparpajo y la torpeza de sus acciones como banderas destacadas (chorrea sangre lo de la furgoneta, ya veréis, ya veréis) . Yo no veo trazas de esa maldad satánica que, con algún déficit de hipocretina (precisamente la hormona del humor), algunos le atribuyen. Será que soy asiduo, además de a las películas de Trier, al humor negrísimo, desde Poe hasta (digamos) Vonnegut, pero en las andanzas de este artesano del crimen veo más bien el típico cuestionamiento de toda sociedad humana por parte de Trier (vamos, una vuelta más a Swift: a ver si alguien se atreve a llevar a la pantalla su modesta proposición sobre los niños). Y un canalla y estéticamente arrebatador final, con un majestuoso Bruno Ganz haciendo de Virgilio e impresionantes (e impresionistas) tiznes de Baudelaire, de Gericault, de Doré. Puro romanticismo, que hace totalmente prescindible la anécdota casi banal (después de cualquier telediario) del terrible masacrador de niños de la primera hora y media.

 

Nota festivalera:

Aparte de la sorpresa tan grata que fue encontrar ganadora a nuestra reseñada  La mujer de la montaña, mucho hay destacable en esta edición número 15. Coincido en lo potente de Donbass , otra de las triunfadoras, espero el estreno de la sueco-danesa Border, que se nos escapó y promete grandes dosis de terror embadurnado de realidad y me rindo ante el otro gran edificio del festival (junto al postapocalíptico de Cuerda), el de Scary Mother : una espectral mole de hormigón y desesperanza por cuyo puente se pasea la interesante intérprete de esta desquiciante película de Ana Urushadze  y que el amigo cinéfilo de Twitter Juan José González @Juanjo1811 me ayudó a ubicar. La pesadilla existe. Sigue existiendo.

Aquí coloco, para vuestra consulta, el palmarés del Festival:

http://festivalcinesevilla.eu/noticias/palmares-15o-festival-de-sevilla-2018

 

 

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