contema setenta y uno

El tiempo ha colapsado y ya solo son posibles estos minutos, únicos. Las otras instancias, heroicas o infames, han quedado reducidas a este deambular junto a lo perecedero, junto a lo que rezuma agonía y destrucción. Seres que se aproximan al cubo comunal, o al propio, o al vertedero mismo, para arrojar su bolsa, su porción de desechos, y el tiempo ha captado en ese justo momento, único que ahora puede depararnos toda la humanidad.

 
Personas de toda condición, de todo carácter, desfilan sabedoras de que el detritus los justifica en el único remanso posible ya de sus existencias, pero toda esta gente sabe que la vida no puede limitarse a esta entrega, a este saneamiento inútil. Por eso intentan acopiar gestos quizá de preocupación, quizá de valor, quizá de amor, de inquietud por lo menos, cuando se avecinan a su vertido. Hay quienes se aparecen en actitudes rogatorias, quienes se enganchan a su teléfono móvil como suplicando que cese este ensalmo que ha hecho de la rutina de todos un único pasaje hacia el escombro, hacia la sobra acostumbrada, hacia el permanente residuo que es, cada día, la historia humana.

 
Nadie sabe qué o quién originó la exclusiva aura de los colectores y las cubetas frente al hombre o la mujer que, sudorosos, van a entregar con su bolsa el único afán posible de su vivir, puesto que todo trayecto es ya, por entero, el de la esquina (cualquier esquina del mundo) al montón de la inmundicia, puesto que la vida ya solo puede depararnos la sorpresa de un enjambre de botellas que se desploma o la ilusión de una almohada que deja ver, tímida y finalmente, sus entrañas.

 

© félix molina, 2018, del texto y la fotografía.
Nota: se trata del contema once de la tercera serie.
Anuncios