contema setenta y cuatro

Nos dieron la pieza más grande, pero todo lo esplendoroso se tornó terrible con la noche. La mañana nos deparó sus gotas de sosiego, el olvido de nosotros, la rutina del ocio. Envueltos en una siesta, fuimos seleccionando parcelas del jardín y la piscina para nuestra vida recolectada, para la miniatura del fin de semana. Todo estaba dispuesto.

Y entonces los niños. Llegan con los primeros rayos de luna. Tienen la urgencia de lo compulsivo, el aura de lo imposible, la certeza del movimiento. Completamente vestidos, recorren las sombras de la piscina, consisten en la humedad, se hallan en la extensión entera de la pileta, uno tras otro, diferentes pero exactos, varios pero uno.

Desfilaban suntuosos o envueltos en andrajos exhaustivos, divergentes con nuestras ropas pero elegantes, bañados por el lienzo, la seda o el lino. Es difícil mirarles los ojos sin mirada, los pasos sin destino, las voces sin voz. Es imposible dormir mientras perdura su tránsito, su constante desembocadura en la alberca prodigiosa, su cesación en medio del alba violada por las heces de su luz.

Por la mañana nos aprestamos apenas para desayunar y apañar unas maletas disimuladas en nuestro ir y venir entre el cuartito que hacía las veces de recepción y la habitación del desvelo.

Y dejamos pagada y vacía, supuestamente, nuestra otra noche.

 

© félix molina, del texto y de la fotografía, 2018
Nota: se trata del contema catorce de la tercera serie.

 

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