contema setenta y cinco

La población se encuentra reunida por el extraño transcurrir, sin que nadie la advirtiese, de una quincena. Lo de menos es ese transcurso concreto, la anécdota al fin y al cabo del apresuramiento, del secreto hostigamiento al que el tiempo nos somete. Lo de más es el precedente, la inopinada ausencia, lista para repetirse, para perpetuar en adelante el desmán de los días contados y no vividos. Que en vez de quince sean treinta, o un año, o varios. Que la ocasión sea la menos oportuna, la más próxima a nuestra dicha, la que nos la arrebate acaso.

Esta desazón nos hurta la felicidad del sueño, pues apenas sabemos si el día menos pensado se nos sustraerán de un golpe diez o quince años. Ahora esa proyección la suple la pesadilla de encontrarnos de repente veinte años más viejos y que sea realidad palpable (si alguna ausencia puede serlo) la del viejo tango tantas veces resoplado.

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Se aparejan soluciones, pero ninguna es convincente. La desmesura de los calendarios y las programaciones es solo un parche a tanta angustia. El que no se repitan en nuestros dietarios el consabido efmamjjasond o el más cotidiano lmxjvsd tampoco viene a arreglar nada: el tiempo sigue siendo (o no siendo) y ahora, con tanta prolepsis, la vida parece más bien una burda escusa, algo a veces ralo y tosco que parece llenar, a su manera un tanto absurda, la madeja picada de las horas y los semestres.

Nadie se atreve a lo trascendente, ni siquiera a lo meramente relevante, pues cualquier calendarización es una quiebra y cualquier proyecto casi una quimera. Fijar algo en la incierta urdimbre del futuro –más incierta que nunca– es una tarea casi técnica, que se deja solo a estadistas o estrategas de todo tipo, como ridículamente obligados a ella. La gente no habla del miércoles veintiuno ni del jueves treinta porque sabe que va teniendo el mismo sentido que hablar de los fantasmas o la combustión espontánea. La gente ya no pasa las hojas del calendario, y algunos se editan, simplemente, con un conjunto de páginas rellenas con fotografías a todo color y el vago número de trescientos sesenta y cinco o sesenta y seis días, recordando la vieja costumbre de alargar los años. Y siempre con bellas frases, puede que ya inútiles, al pie.

 

© félix molina, del texto y de la fotografía, 2018
Nota: se trata del contema quince de la tercera serie.

 

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