contema setenta y seis

Habita en los chorros del agua primeriza de palacio. Se amontona en los atauriques de las galerías. Deja pasar su mirada, enmohecida de aires sultanescos, por el quicio de los almohadones y las fuentes de fruta. Siente no asco, quizá un poco de pena por todo cuanto dilapida el lujo en esa estancia y prefiere el paseo de un pájaro en la alberca regia, los pasos limpios, de patas mojadas sobre azulejos dorados, esa forma única de huir frente a la tapia cenital del mármol.

Se diría que prepara párrafos dentro de sí misma, que es la propia lavandera de sus historias alambicadas con la muerte del excesivo y la recompensa del justo. Que duerme un breve sueño de poesía repujada, cincelada en su frente con el pincel mismo del miedo y el amor por la vida.

Pero calla. Guarda el sonido de cada palabra como alimentándose de la abubilla o el zorzal, se agazapa detrás de la celosía que va tejiendo con ellas, en la espera irredenta.

Migas. El viento las esparce entre los cojines y los vasos de té y ella las va siguiendo con la mirada, se diría que ahora el tul de los velos se deseca en plumas y el hilo de la chilaba se tamiza en el fino estambre de unas alas. Que esa mirada, cada vez más inquieta y negra, ya no distingue solo entre las sombras y el aluvión de los colores, sino que diferencia los momentos, las sucesiones, el transcurso y el fin.

Ahora se alza sobre su fino volumen, aletea y, mientras la sombra del sultán se cierne ciega y torpe por el vano que la conduce a su cuento, ella mira otra, una última vez por la ventana.

Y vuela.

 

 

© félix molina, del texto y de la fotografía, 2018
Nota: se trata del contema dieciséis de la tercera serie.

 

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