1936 | Una obsesión

Cada verano, como si fuera un síndrome, me atenaza la violencia de la segunda de las Guerras Mundiales o de la Guerra Civil de 1936 en España. Como un loco, busco cualquier material sobre ese fango, para hundirme en él. Luego también me vienen recuerdos de historias que me narraba mi abuelo en la cama, como cuentos que durmiesen entonces a un niño pero que despiertan hoy al adulto. Por eso, como un exorcismo más, pensé en estos relatos de Casi la paz (así lo llamo de momento) que voy reuniendo más que para la publicación para la calma. Explicar la locura es complejo, y eso es lo que más me interesa de este ejercicio. Releyendo otra vez, días atrás, los soberbios relatos de Alberto Méndez recogidos en Los girasoles ciegos, acierto a distinguir entre culpables y víctimas –como si leo a Pierre Vilar o a Paul Preston–, pero me atrae más que nada (como en aquellos cuentos de Rulfo que tanto me gustaban en mis albores de lector) la sombra que rodea a cada breve personaje hasta devorarlo. Algunos de los relatos que van emergiendo son, de hecho, como voces de muertos, monólogos de un horror que no puede repetirse. Aquí os ofrezco uno de estos, os comparto quizá algo de ese miedo.

 

 

Toda la noche vadeando el río, la inmensidad que se nos hizo y eso que, de niños, era un juego recorrer así la orilla, a la caza de extrañas mariposas. La barca, un falucho de pesca, con una mínima vela, negruzca de tanto estar plegada, era la única salvación. El cauce era lo suficientemente ancho a su paso por nuestro pueblo como para no cruzarlo a nado, sobre todo si los nadadores eran inexpertos. Y el puente estaba tomado. Los ahogados se veían a simple vista, con sus rostros de ojos brillando a la luz escasa de la luna.

Lo miramos con algo de sosiego, al falucho, pero después con la inquietud de comprobar que no soportaría nuestro peso. Tanto Julián como yo éramos hombres recios, bien alimentados, y la embarcación apenas podría llevar a un marinero y su carga de pescado de río. Había que navegar en el sentido contrario al puente, pero ya el día nos estaba envolviendo con su sudario de claridad fatal, aliada de la muerte.

Nos cobijamos en dos madrigueras humanas, soñando despiertos con nuestra huida por el brazo de agua, que parecía dormitar a nuestro lado. También se oían pasos. Y voces. La búsqueda seguía. El sueño era casi doloroso, imposible. El calor casi que nos hacía crisálidas de nuestro miedo, apagaba los jadeos, nos volvía seres inertes. Luego llegó, tras horas infinitas, la lengua de oscuridad, como lamiéndonos.

Si queremos hacerlo hay que asegurarse de que está limpio el otro lado, dije, susurrando. Nos miramos clavando cada uno en el otro la mirada. Nada estaba claro, lo sabíamos. Y la barca que apenas podía con uno de nosotros. Por encima del hombro de Julián veía su perfil ceniciento en la noche declarada, apenas oculta por los tronchos de madreselva. Ahí me atreví a darle yo un beso a Margarita, y entonces la madera del oscuro falucho tembló bajo nuestros cuerpos de niños. Hay una loma, subo y echo un vistazo, dijo.

Se dejó oír un silencio que pudo durar siglos. Y después disparos, ruidos de la maleza, y otra vez el silencio. No me atreví siquiera a decir su nombre. Callé con las aves despiertas por el fusil, me hice una ausencia más. Esperé que la noche volviera a apaciguarlo todo. Temía confesarme que no esperaba su regreso. Solo seguía soñando con el lecho de viejas astillas, acogiendo mis huesos cobardes. Fije mis ojos en el lucero y me encaminé hacia la orilla.

Acallando hasta el más apagado de mis pasos, descalzándome incluso, me dejé caer con cuidado en su lomo reseco. Había inscripciones perpetradas con una navaja, ajenos signos que mi desazón no me dejaba leer. El agua empezó a llenar el fondo. La luna se reflejaba con violencia en el charco que mojó mis sucias ropas. Había chorros silentes pero agudos como cuchillos penetrando la madera justo donde, perdidas, las balas habían fijado su trasiego.  Mi sueño duró muy pocos minutos. Ahora yo también formaba parte de la negritud del río, intentando sin temor al escándalo el manoteo para alcanzar de nuevo la orilla. Solo pensé, en un minuto de segundos sin fin, que ya no habría madriguera que me acogiese. Y eché a volar, sin más, las lentas mariposas de mis recuerdos.

 

 

© Del texto, félix molina, Casi la paz, 2018
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