Un día para la poesía | 364 más para celebrarla

Persisto en proponer para este día –como el año pasado por estas fechas– un tema poético, que consiste esta vez en una de las Sagradas escrituras, diversos pastiches dedicados a obsesiones literarias (Borges, Carver, Cortázar, Chéjov, Dickinson, Dostoyevsky, Kafka…). Cernuda es uno de los nombres más transparentes de la poesía. Su vida fue un intento (acaso como los románticos ingleses o alemanes) de fijarla en la celebración de la dicha, en la luz de la palabra. Aquí se revive, a partir de varias crónicas conocidas, su momento final.

 

                                  Para Ofelia, la poesía y –siempre– mucho más

 

Árboles. La arboleda le recuerda la de esos barrios de Sevilla más alejados del centro. Avenidas sin conciencia, solo el espíritu del pájaro y la altura del eucalipto. Desde su ventana, que da a un mínimo jardín, puede ver algo de eso. Hay también un poco de parque, del parque de una ceremonia mortal, en esas ramas tan altas, que ahora mueve una brisa.

La noche le ha sorprendido en la escueta habitación, donde el mobiliario apenas es la cama, pero otros muebles inquietantes son los discos apilados, en su desnudez de laca y azabache, unos libros abiertos con papeles atravesados como espadas, una mesa con algunos folios de letra menuda, rígida, apretada, pulcra.

¿Le ha parecido ver otra vez un pavo real, merodeando, suelto entre la noche sin estrellas? Es solo un recuerdo. Llena la cazoleta de la pipa con precisión, mientras prepara el batín con los brazos abiertos sobre la colcha, como para que lo reciba a su vuelta. Sale. La habitación, sin él, se llena de los ruidos de abajo. Vidrio y porcelana tintineando. Voces tenues, que se van apagando según todo trascurre. Un largo silencio. Pasos.

Luego son los suyos sobre el dintel. Una música, la rosa de una soprano de jazz quebrando la hora mientras se pone el pijama. Todo se amortigua porque todo pasa, sin otro suceso que la memoria. Lecturas y notas. Pasos que ahora llegan desde la alameda, hasta hacerse contiguos del pensamiento. Así el sueño.

… … …

Hay dos versos rozando la luz de este otoño de México, la mariposa de unas palabras enredándose entre la alambrada de espino de la maquinilla eléctrica. Primeros rumores de la casa que duerme balanceados con la voz todavía cetrina de los últimos hilos de la noche, que empieza a trasegar la calle.

Agua que no es afluente, ni es acequia, que se acumula culpable en la bañera, levemente encrespada por la espuma, como en la parodia de un mar que no acaba de despertar, sumido en su propio sueño silencioso de minutos de nada.

Todo callado aún, como bajo la sombra de lo que ha de decirse, de lo que no se pliega todavía a lo escrito, sino que revolotea en un mundo que es este y no es. Hay una carta, las palabras de una carta, que se deslizan entre las alas de los versos. Este fluir, más hecho al latido que a la medida. Más cierto.

Atraviesa, envuelto de momento solo en las ropas del baño, la luz artificial del cuarto. Anota para la carta pero vive para las sílabas, para el aleteo del poema.

De repente el dolor, la quiebra, todo nublado y denso. Una malla que siembra y amordaza.

Así la vida.

© félix molina, Sagradas escrituras, del texto

 

Nota o sombra de nota:

 

La ilustración en sepia es muy posiblemente de José Moreno Villa. La vine a conocer por el libro de Philip W. Silver, en la edición de Castalia.

 

Entre los diversos relatos periodísticos de aquel 5 de noviembre de 1963 destaco este, titulado Últimas tardes con Cernuda.

 

De Los malditos poetas (2018) –de pronta aparición– es otra remembranza del poeta, o de lo que su memoria sugiere, esta: