Un autor | Muchas solapas

Aproximadamente soy el escritor mejor pagado del mundo. Y apenas he leído nada: un par de páginas —media docena si el libro, en definitiva, es interesante— y ya están escritas todas (todas) esas solapas o contracubiertas que ustedes habrán leído a bordo de un trasatlántico luminoso o a la espera de un apagado colectivo. Al fin y al cabo la editorial se ha extendido por los cinco continentes y no es fácil encontrar a un tipo que resuma el universo en quince líneas apretadas y disponga de un arsenal palabrero al gusto de todos los paladares, con joyas como mayéutica o estandarizar.

No obstante, tengo escrúpulos: la disipación de mi vida, nocturna y entretenida en jovenzuelas que admiraban al presunto y culto lector y acababan apiladas en un sofá, me ha llevado a este anhelo, a esta decisión.

Acabaré mis días en una quinta del norte, acaso leyendo todos (todos) esos libros. Mi Ferrari es poderoso, pero encuentra una curva inesperada, definitiva. Instalado en el fondo del paraje anónimo (eso sí, al norte), solo la cabeza no queda inmovilizada. Y abre sus ojos. A mi lado, la única esperanza: el viento hace pasar las hojas de un tomo en guaflex, de lomo curvado y acaso papel biblia. No me importa la muerte, que era mi destino, si el libro es el primero que voy a leer, de cabo a rabo, en mi vida.

Y todo acaba, en definitiva, cuando las páginas, bajo el título Todos los libros del mundo y el subtítulo En quince líneas y el subsubtítulo En definitiva, se revelan como mis quince mil (*) solapillas. Un homenaje de la editorial, que alguno de los muchachos, menesteroso, debió meter en la guantera. Una sorpresa, sin prólogo siquiera.

Y sospecho que sin la contracubierta adicional.

 

 

(*) Nota del Editor. Como en Borges, quince mil quiere ser aquí sinónimo de infinitas.

 

 

 

© félix molina, publicado por vez primera en la revista Tempestas.
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